Por las paredes
“lo están gritando / siempre que pueden / lo andan pintando / por las paredes” Joan Manuel Serrat

Hoy: ¿Demasiado tarde para lágrimas?


Esta simpática aunque un tanto drástica recomendación está pintada sobre un paredón de Trelew. Jean Paul Sartre la aplaudiría sin disimulo. Sócrates estaría alegremente dispuesto a compartir unos tragos de cicuta. Miles y miles de suicidas ilustres, desde Petronio hasta Horacio Quiroga, desde Sansón hasta Akutagawa Ryunosuke, la respaldan con su ejemplo.
Uno, que sufre de autocrítica aguda, no puede menos que detenerse a considerar la conveniencia o no de contribuir a la salvación del mundo de esta manera.
Uno, que no es ningún gil, lo piensa dos veces y decide que es mejor seguir viviendo, aún a riesgo de contribuir, aunque sea de manera microscópica, a la condenación general.
Y esto por tres motivos:
Uno: ningún suicida ha salvado a nadie. Y menos al mundo.
Dos: la vida será cualquier cosa, pero uno le tiene aprecio.
Tres: parece que ya nos suicidamos. Si no como especie, al menos como civilización.
Al menos esto es lo que afirma el científico inglés John Lovelock en un reportaje aparecido en el diario Página 12 del 7 de mayo de 2006. Qué me contursi.
Lovelock, actualmente de ochenta y seis lúcidos añitos, es el científico que en la década del sesenta armó un revuelo fenomenal al proponer su “Hipótesis de Gaia”, a través de la cual afirmaba que el planeta Tierra es “un todo capaz de autorregularse”. El bolonqui se armó porque algunos, no sabemos si con mala o buena leche, entendieron o quisieron entender que Lovelock afirmaba que la Tierra es un ser consciente. Una buena parte de la comunidad científica puso el grito en el cielo, acusando a Lovelock de esoterismo y otras yerbas mágicas. Lovelock intentó explicar su posición. Los medios científicos le cerraron el paso a la publicación del más mínimo “paper”. Lovelock quedó triste, solitario y final.
Bueno, no tanto. Porque en los ratos libres inventó un aparatito – baratísimo, lo hizo en el garage de su casa – capaz de detectar (en Londres) un par de moléculas sueltas de fluorocarbonos que anden triscando (por Japón). Los fluorocarbonos son esas porqueriítas que están agrandando el agujero de ozono, que a su vez es la puerta grande por donde la radiación solar ha comenzado a achicharrarnos a los sufridos habitantes del hemisferio sur.
John Lovelock era un tipo optimista. Obsérvese el tiempo verbal: era. Sus últimas observaciones le hicieron llegar a una tremebunda conclusión: en más o menos cincuenta años, como resultado del calentamiento global los polos se habrán derretido. Pero eso no es lo peor. Más o menos ahí es cuando comenzarán a derretirse los glaciares de todo el mundo. El nivel del mar aumentará unos siete metros, lo que provocaría la anegación de vastas zonas del planeta, incluyendo a varias de las ciudades más populosas. Y de las menos populosas también. Por ejemplo, toda la zona costera de Puerto Madryn se convertiría en un vasto y variadísimo parque submarino. No hay más que imaginarse lo contentos que se pondrán meros y salmones con tanta cuevita por estrenar.
Otra buena, atenti inversores, es comprar propiedades en el Barrio Oeste, por ejemplo, ya que, con un poco de paciencia verán como esos terrenos comprados por chirolas se convertirán, sin decir “agua va”, en preciosas parcelas frente al mar.
Pero dejemos de lado los sarcasmos, que la cosa es seria. Siempre según las opiniones de Lovelock, la súbita desaparición de tierras habitables provocaría un éxodo masivo desde las zonas costeras hacia las tierras altas. Bajando a un ejemplo concreto y cercano, los habitantes del barrio Oeste, felices con sus parcelas costeras, de pronto se verían cercados por amenazantes hordas provenientes de los barrios Sur, Centro, Norte y otras zonas bajas. Y ahí es donde se arma.
Da miedo, por ejemplo, pensar lo que sucedería en Thailandia, Birmania, la India y el resto de los países del sureste asiático. El desplazamiento forzoso de cientos de millones de personas provocará hambrunas, pestes, saqueos y alguna que otra guerra mundial.
El pronóstico de John Lovelock es tenebroso: antes del fin de este siglo quedarán vivos solamente unos quinientos millones de seres humanos. Ahora somos cerca de seis mil millones, así que saque la cuenta.
Bueno, usted dirá que lo que hay que hacer es reducir la emisión de dióxido de carbono, metano y cosas así, para lo cual los países industrializados tendrían que etc. etc.
Minga. Según Lovelock, ya es tarde. Gaia ha puesto en marcha sus mecanismos de autorregulación, que son, a esta altura de los acontecimientos, imparables.
En otras palabras: ya fuimos.
Nuestro desmedido afán de dominio, lucro, lujos y comodidades, nuestra irresponsabilidad y, sobre todo, nuestra monumental estupidez, han logrado que a nuestros hijos y nietos les quede un diez por ciento de posibilidades de supervivencia.
Si John Lovelock tiene razón, la recomendación de este graffitti llegó tarde. El mundo ya se salvó a sí mismo, condenándonos a la autoexterminación.
Si John Lovelock tiene razón (pero es un hombre y, como tal, puede estar equivocado), nuestra civilización tiene los días contados.
En ese caso, tal vez, los quinientos millones que queden puedan hacer de éste, definitivamente, un mundo mejor.
Yo diría que, por las dudas, empecemos a construirlo desde ahora.
Ahora, mientras todavía estamos maravillosamente vivos.

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