El Almendro
Historia de un árbol
de Puerto Madryn





“A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero
que tenemos que hablar de muchas cosas
compañero del alma, compañero”

Miguel Hernández





Agosto de 1984. Yo alquilaba un pequeño departamento contiguo a la gran casa de Doña Filomena. Filomena Moccio. Ochenta años recién cumplidos. Mirada dolorosamente celeste. Una anciana de cuerpo aparentemente frágil, memoria insobornable y fortaleza de roble. Vivía sola. Yo también. En unos pocos meses más vendrían el amor, el casamiento, mi primer hijo. Pero todavía no lo sabía. Trabajaba y estudiaba y siempre andaba escaso de tiempo.
Doña Filomena, vestida rigurosamente de negro y siempre con un rastrillo o una pala de punta en las manos, me veía pasar por la huerta-jardín, bregando con el trabajo y el estudio. A veces conversábamos. Es una manera de decir. En realidad, la que siempre hablaba era Doña Filomena. Yo me limitaba a escuchar. A veces con paciencia. Es que Filomena, de una manera o de otra, siempre terminaba contando la misma historia: su casamiento por poder a los treinta años; su difícil arraigo en el Madryn de 1930 y tantos; la llegada de los hijos; los sacrificios y las penurias; el dolor desgarrador al separarse de su madre; los almendrales que habían quedado para siempre allá, en Mola Di Bari; el fallecimiento de su marido. En este punto, con precisión matemática, Doña Filomena se ponía a llorar. Yo trataba inútilmente de consolarla, asombrado de esa fidelidad que no reparaba en detalles tales como la mismísima muerte.
Una hermosa tarde que anticipaba la primavera ya próxima, vengo llegando cargado de libros y la veo a Doña Filo pala en mano, decidida a interceptarme el paso con la consabida historia a flor de labios. Yo también estaba decidido: a seguir de largo. O, por lo menos, a cambiar de tema por una vez. Miré desesperadamente alrededor, buscando inspiración y ahí lo vi: el árbol más hermoso de Puerto Madryn, cargado de miles y miles de flores blancas. Era como una fiesta silenciosa.

- Hola, Doña Filo...! ¡Qué hermoso árbol ése de ahí! ¿eh?
- ¿Cuále? ¿El almendro? – Cuando vi que los ojos se le llenaban de lágrimas, supe que había perdido otra vez.
- ¿Queré que te cuente la storia de eso árbole?
- ...bueno, Doña Filomena...la escucho...pero un ratito...estoy con mucho trabajo y...
- ...Travacco, travacco...¿Qué sabé vo lo que é travaccare?...Vago... anoche te traquiste a tu novia...
- No, no era mi novia...era una compañera de ...
- -Vamo, vamo, mentiroso...
- ..del profesorado... ¿Y la historia, doña Filo?...
- ¿...qué storia?
- ...la del árbol...
- ...¡Ah, sí! Cuando yo me casé...¿Te conté que cuando yo me casé vine...

En beneficio de la paciencia de los lectores, pasaremos a la narración indirecta:

Los primeros años, los más difíciles, los del desarraigo, los de aprender un idioma desconocido, los de ganarse el respeto de familiares y vecinos, habían pasado. Filomena era ya una pobladora más de aquel incipiente Puerto Madryn. Había construido su casa hombro con hombro con su esposo. Habían nacido tres hijos. La lenta prosperidad americana estaba en curso.
Un día, cuando Nicola, el mayor, contaba unos ocho o nueve años, Filomena recibió una carta. De Mola di Bari. De su madre. De sus almendrales. La carta ponía en esforzada caligrafía la mejor de las noticias: “hija, voy a visitarte, en tres meses estoy allá. Quiero conocer a mis nietos”. Tal vez no sean esas las palabras exactas, pero no es difícil imaginarlas así, o parecidas. Como tampoco es difícil imaginarse la alegría de Filomena, inmediatamente contagiada a los tres chicos.
- ¡Viene la abuela! ¡Viene la nonna de Italia!

Los que siguieron fueron meses de laboriosa fiesta. Había tanto que hacer: preparar la habitación para la ilustre visita, terminar de una vez el revoque de la medianera, pintar de un blanco inmaculado el frente de la casa, hacer el dulce antes de que se pasen los tomates, plantar por fin esos rosales...Todo lo hicieron. Todo. Era la mejor manera de que el tiempo pase rápido, rápido.
Y el tiempo pasó. Faltaban semanas, tal vez días para la fecha tan esperada, cuando llegó una encomienda. Yo, que me crié entre italianos, puedo imaginarme las caritas de asombro y de gozosa anticipación de los chicos ante el misterioso paquete que había cruzado todo un océano trayendo para ellos quién sabe que ocultos tesoros. Era una curiosa costumbre ésta de mandarse “paccos” de un continente a otro. Aún recuerdo los que hacía llegar mi abuela: contenían turrones caseros, conservas de berenjenas y tomates y una bolsita de semillas de sésamo que escondía en sus entrañas la verdadera razón del envío: un billete de cien mil liras o una cadenita con medalla y todo, con el nombre del nuevo nieto grabado en oro de catorce quilates.
Esta encomienda, la que recibió Filomena, debió ser muy parecida a aquellas. Salvo que contenía una carta. Salvo que la carta hablaba vaya a saber de qué contratiempos, qué enfermedades. La nonna no vendría. Nunca.
Hay tristezas que no pueden contarse. No porque uno no las haya vivido. Sino más bien por eso mismo. Hay tristezas que son para callar en compañía. Callemos juntos ésta.

La vida fue retomando su curso normal. Entre los regalos venidos de Mola di Bari, el más preciado para Filomena era una bolsita de almendras. De aquellos almendrales. Unas almendras grandes, dulces, únicas. Filomena quería que duraran lo más posible.

-Y yo le daba una almendra a cada chico. Una por día. Ni una má ni una meno. – Y volvía a repetir el gesto frente a mí, cuarenta años después. Era como si estuviera distribuyendo hostias consagradas.
Un día, Nicola, el mayor de los hijos, se apersonó a la cocina, en donde Filomena estaba amasando, tal vez, los fideos de ese día. Por la forma de caminar y de mirar a su madre, se veía de lejos que la misión que Nicola se traía entre manos era de las bravas.
-Mamma...me podría dar una almendra?...Una sola...
- Ma no, signore. Yo a usté ya le di la que le tocaba hoy. ¡Y ustede qué quieren, se puede saber?- La pregunta iba dirigida a los otros dos chicos, que asomaban casi con miedo las cabecitas por el vano de la puerta. Nunca supe cómo se las ingenian las madres italianas para esconder su ternura debajo de una ferocidad digna de mejores causas.
- ...Mamma...-Se animó Nicola – queremos una almendra, una solita...pero no la queremos para comer...
- ¿Y para qué la quieren, a ver?
- Para plantarla, mamma. Para que crezca un árbol grande, mamá. Porque cuando crezca y se venga grande, grande, vamos a sentir que ahí está la nonna, que la nonna vino, por fin, que está acá con nosotros. Dele, mamá. Una almendra. Una solita.

El resto de la historia no hace falta contarlo. Ahí está el almendro. Lleno de flores blancas. Hay muchas historias tristes. Pocas con un final tan feliz.
Como dicen los musulmanes, los caminos de Dios son misteriosos, infinitos e inescrutables.
Los del amor, los de las tristezas que nos trae el amor, también.



Publicado en diario "El Chubut" en 2005

1 comentario:

Carlos DiSanto dijo...

Hermoso cuento. Seguramente a muchos les habrá gustado, pero a los que como yo hemos tenido una abuela italiana como doña Filomena (en mi caso se llamaba Emma)nos evoca hermosos recuerdos.