Un poema de seis centímetros cúbicos



























Este poema quiso y no pudo
nacer fuera del tiempo.



Huella de un beso en la frente de la eternidad,
carne de pájaro trabando los dientes
de engranaje y de furia del padre cronos,
plumón que no termina de caer
pese al lastre excesivo
de alguna gota de sangre.

Pero en este poema apenas caben la tristeza
doblada en dos
y la lluvia que ahora barre el techo
inclinado hasta la pura desgracia
de esta casa que nunca será mía.

Vaciar el poema, entonces, antes de que lo haga la noche.

Un poema de seis centímetros cúbicos,
resplandeciente de pura vacuidad,
no es un poema, es una promesa.

Un poema sin lluvia ni besos ni pájaros
atragantando el abismo de los años,
un poema hecho de nada,
ungüento fresco en la llaga
que los años se hicieron a sí mismos
al pasar por acá.

Un poema así
no es un poema:
es una singularidad
un estertor tan reconcentrado
que su horizonte no arde de agonía
sino de luz.
Un poema así no puede escribirse una noche cualquiera.
No puede escribirse.

Hay que cortarlo de la zona imprecisa
que nos separa del amanecer en el que hace tanto
dejamos de confiar.

Un filo de alcohol barato,
un bisturí capaz de cortar entre dos luces
es fácil de conseguir.

Lo difícil es esperar
el momento del tajo

darlo
sin que tiemblen las manos.



Foto: Silvia Castro

1 comentario:

álvaro l. urrutia dijo...

bruno que bueno que te hayas sumado a estos terrenos confusos de los blog...
en estos dias leere tus libros. un abrazo vasco