Las únicas joyas que existen

Anduve por Buenos Aires, repitiendo los rituales que tranquilizan y ayudan a seguir: ver a la familia, a los viejos amigos; practicar el deporte, casi vicio, de conseguir buenos libros por cuatro o cinco pesos; caminar por Palermo bajo los plátanos y los paraísos, sin apuro y sin rumbo; meterse, por curiosidad, en un paquetísimo negocio de antigüedades y extasiarse ante las cerámicas de Marruecos, esos azules y turquesas envueltos en delicadas filigranas de alpaca; después, frente a un viejo armario chino, con los ojos cerrados, tocar las incrustaciones de marfil sobre las puertas de madera roja, sabiendo que esas delicadas curvaturas son palabras sagradas escritas en un idioma que nunca sabremos leer; asombrarse también de la propia mano, que esta repitiendo un gesto hecho miles de veces por otras manos, que hace mucho abrieron y cerraron ese mismo armario y que ahora no son ni siquiera polvo.
A pesar de la transculturación, del snobismo y la miseria, Buenos Aires sigue siendo nuestra. La han saqueado, la han violado, la han maquillado como a una puta babilónica, pero no han podido enajenar su alma, que late ahí nomás, milímetros por debajo de la bronca y la desesperanza y la desorientación de diez millones de personas.
En el infinito universo de lo imaginario, hay un planeta llamado Anarres, que es un sueño o tal vez una profecía de la californiana Ursula K. Le Guin. Anarres es un planeta anarquista, anarquista y pobre, muy pobre, sobre todo en comparación con Urras, su gemelo capitalista, cuyos propietarios brillan envueltos en nubes de piedras preciosas. “En Urras todo brilla – reflexiona Shevek de Anarres- todo, menos los ojos. En Anarres todo es sequía y polvo, pero los ojos de la gente brillan. En Anarres las únicas joyas que existen son los ojos de los demás”.
Pues bien, Buenos Aires es, a la vez, Urras y Anarres. Y semiocultos entre el oropel y la basura, andan seres humanos de verdad, vivos hasta el tuétano y que en los ojos lucen el brillo del alma, a sabiendas de que el alma es la única joya que vale la pena labrar, pulir y lustrar.
Gente como Máximo Simpson, que sufre porque hasta los encuentros de poetas tienen ahora ritmo de show televisivo y de shopping, un ritmo que no te deja sentir ni pensar.
Gente como Alberto Szpunberg, con su ternura inmensa, que te mira y te atraviesa con el asombro que siempre le baila en los ojos, en la voz, en su encendida calma.
Gente como Inés Bombara, que a los cuarenta descubrió que su voz es mágica y ahora cuenta cuentos para que la gente se despierte.
Gente como Elvio Gandolfo, capaz de destartalarte la estupidez a carcajada limpia, y de perforar las caretas de la realidad con su mirada de ácido nítrico y sin embargo tan humana.
Gente como Irene Gruss, que casi no sale de su departamento de Rivadavia al 3000 pero sus palabras abrazan lo visible y lo invisible del mundo
Gente como Gianni Siccardi, muerto en la más absoluta pobreza, al que no pude volver a ver para decirle cuanta luz nos dejó en sus poemas.
De ellos me he traído libros, abrazos, saludos para todo Madryn, consejos, chistes, tristezas y, sobre todo, poemas y cuentos, esa otra manera que tienen de mirar y de brillar aún en medio de la desolación, como en el profético poema de Gianni que cierra esta nota:

Se va noviembre

Desaparecen noviembre y tantas cosas.
He bebido en tu boca
el llanto y el tormento.
Me he perdido
en el enjambre de tu nombre.
He tambaleado
en el relámpago de tu mirada.
He despertado
junto al abismo de nuestra juventud.

Pero se van noviembre y tantas cosas.
Se va el jardín
el viento
las palabras
se van tus ojos y tu nombre.
Y para siempre se va el mundo.

Llegan las sombras
la distancia
llega la ausencia
llega el torrente del silencio
mientras se va noviembre.

Gianni Siccardi
Muerto en Buenos Aires, en noviembre de 2002.

Publicado en "El pasamanos" en 2002

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