Merdre! o esplendor y caída del Movimiento Poesía a la Calle

Señores: las arrugas no son cicatrices.
Nicanor Parra


Circula una versión falsa de estos hechos, que de buena fe me fue referida hace un par de meses por Jorge Spindola. Esta versión, que trasladaba al Comodoro Rivadavia de 1979 cosas que pasaron en Puerto Madryn cuatro años después, fue la que me decidió a escribir un relato, lo más fiel posible, de lo que realmente aconteció hace ahora veinte años.
Es un trabajo que creo va siendo necesario ya que, según una hipótesis que enunció Jorge en una charla realizada hace poco en la Universidad San Juan Bosco (y que no me termina de convencer), los desmadres sucedidos en enero de 1983 en el restaurante “La tranquera” de Puerto Madryn fueron el hito que marca el comienzo de la nueva poesía patagónica, es decir, de una literatura regional que renegó de su destino de panfleto turístico plagado de guanacos, coirones y torres petroleras, para dedicarse sin más ni más a ser poesía, es decir, un arte despojado de toda otra pretensión que la búsqueda de la verdad a través de la belleza. Puede ser. En realidad, pasaron muchas otras cosas. Hubo mucho trabajo de mucha otra gente. Pero los seres humanos necesitamos leyendas y símbolos que nos fundamenten. Esta leyenda, este símbolo que eligió Spíndola como momento fundacional es, antes que todo y más que nada, una divertida anécdota que espero disfruten leyendo tanto como yo al escribirla. Hay nombres y detalles que ya se esfumaron de mis recuerdos. Pero en lo esencial, las cosas sucedieron más o menos así. Y, parafraseando a Les Luthiers, quien quiera encontrar en este relato un tono levemente irónico y cachondo, puede.


El Encuentro de Escritores Patagónicos había alcanzado su apogeo ese caluroso enero de 1983. Más de un centenar de esforzados escribas habían llegado desde Río Negro, desde Santa Cruz y Tierra del Fuego, desde Zapala y desde La Pampa. Solamente desde la ciudad de Neuquén eran más de cuarenta los que habían venido a bordo de un micro contratado especialmente. Lo abultado de la horda comandada por Hilda “Con hache” López, más tarde directora neuquina de cultura, tal vez no fuera casual: el Encuentro, crecido como estaba, ya había empezado a ser codiciado por otras ciudades. Ese iba a ser un año de grandes definiciones, y se sospechaba que los neuquinos habían traído huestes suficientes como para forzar, y ganar, una votación que decidiera un nuevo emplazamiento para los futuros conclaves literarios. No hace falta mucha perspicacia para imaginar adónde iríamos a parar de prosperar esos designios.

Las generosas repartijas de vino y buenas ondas que el compañero Damián Berón se esforzaba en prodigar no alcanzaban a disipar las tensiones generadas por éste y otros solapados conflictos que venían gestándose desde hacía bastante entre organizadores y participantes, entre organizadores entre sí y, aún, entre participantes entre sí. Un cierto exceso de vedettes y Prima Donnas literarias complicaba un poco más el panorama. Entre estas últimas descollaba, como invitada especialmente traída desde Buenos Aires, la directora de la prestigiosa revista literaria “Letras de Buenos Aires”, Victoria Pueyrredón. El nombre y más aún, el apellido, me eximen de la necesidad de una descripción a todas luces redundante. Esa mujer chorreaba distinción, abolengo y exquisita cultura. Durante toda su estancia permaneció nimbada por una nube de obsequiosos y políticamente correctos contertulios.
En medio de todo ese glamour, de esa sobreadjetivación susurrada entre espesos vahos de perfume francés, el desastrado núcleo dirigente del recién constituido movimiento Poesía a la Calle desentonaba visual, auditiva y hasta olfativamente: sentados alrededor de una mesa que había sido dispuesta para nosotros de la manera más alejada posible de doña Pueyrredón, X X (1), Cristian Aliaga, yo y algunos más, convertíamos cada almuerzo y cada cena en una bacanal de vino tinto, tabaco y poemas de guerra. El ánimo belicoso nos provenía un poco de cierta inclinación natural a buscar roña aún donde no la hubiera, pero sobre todo, de la manera en que éramos ignorados en nuestras propuestas políticas y poéticas y, más aún, por el tono decididamente a la violeta que había tomado el encuentro, a despecho de los graves momentos que vivía el país. La guerra de Malvinas, que había terminado hacía apenas seis meses, con su secuela de cientos de pibes muertos, ni siquiera se había mencionado. Como en el famoso pasaje de “Cien años de soledad” en el que García Márquez cuenta de qué manera la United Fruit y el ejército colombiano asesinaron a tres mil trabajadores bananeros en un santiamén y cómo, después cargaron los cadáveres en un tren para borrar de la memoria de los sobrevivientes hasta la última pista del bárbaro crimen, así veíamos nosotros borrar el recuerdo de unas de las peores tropelías cometidas en los últimos tiempos. De los desaparecidos, ni hablar de hablar. De fijar una postura antimilitar y pro democrática, menos que menos. Nos desesperaba ver cómo la verdad era asfixiada por los frufrús de los vestidos y las aburridas lecturas de mediocres cuentos y poemas, que eran aplaudidos floja e indiscriminadamente por toda esa grey. Nos ahogaba tanta mala prosa, tanta poesía turística y apologética, tanta amnesia prefabricada. El asunto se agravaba porque no nos cuidábamos de emitir nuestras opiniones a quien quisiera oírlas y, ya en las últimas lecturas colectivas, las chacotas y pedorreos críticos con que saludábamos cada declamación se habían hecho decididamente intolerables para los delicados oídos de tan refinada y espiritual concurrencia.
Si bien las deliberaciones y lecturas se hacían, como era ya tradición, en la entonces escuela con internado, los almuerzos y las cenas los celebrábamos en un restaurante hoy inexistente, vecino al viejo Chalet Pujol. En “La tranquera” se comía mucho y bien, y se bebía mejor. De alguna manera nos habíamos arreglado con los mozos para que se nos enviara el vino en su empaque natural, y así debajo de nuestra mesa se alineaban varias damajuanas de tinto y blanco en distintos estados de vaciedad.
Esa noche era más que especial porque era la anteúltima. Al otro día se decidiría la futura suerte del encuentro, y además muchos estaban despidiéndose esa misma noche. Victoria Pueyrredón estaba más encantadora que nunca, brillante centro de mesa con que Berón había logrado engalanar el Encuentro. Nosotros, en cambio, estábamos de un ánimo siniestro y alegre, y no estoy incurriendo en una contradicción. El Encuentro había casi terminado y no había sucedido nada digno de ser mencionado en notas como ésta.
A los postres, y después de los brindis, alguien tuvo la malhadada idea de levantarse y estampar una frase célebre, con letra menuda y prolija, en una de las blancas paredes del local. A toda la concurrencia le pareció una idea encantadora. A nosotros también. Así que mientras uno a uno los escritores y escritoras iban birome en ristre a engalanar la pared con algun poético pensamiento de su cosecha, nosotros nos alistábamos para hacer lo propio. El problema es que no teníamos biromes, ni lapiceras, ni lápices ni marcadores. Sin arredrarnos por el inconveniente, empezamos a decidir con qué frases contribuiríamos al simpático emprendimiento.
En medio de las risas y los gritos con que las frases eran aceptadas o descartadas, alguien propuso la solución a nuestra falta de utensilios de escritura: los corchos de las damajuanas, convenientemente pasados por la acción purificadora del fuego, servirían a las mil maravillas para dejar nuestro indeleble recuerdo en esas paredes.
Después de acopiar bastante corcho quemado, allá fuimos. XX abrió el fuego con nuestra frase estandarte: la poesía es un atentado celeste. Uno tras otro los ocupantes de la mesa fueron estampando versos de los poemas más lúcidos y guerreros que recordaban. Las mujeres, como buenas soldaderas, seguían quemando corchos y sirviendo vino a los que volvían con la misión cumplida. Después fueron ellas las que se animaron a escribir sus frases en gordos y negros trazos. Los murmullos de indignación fueron creciendo como olas embravecidas y se convirtieron en rugidos cuando Cristian se levantó haciendo eses, arrimó una mesa a la pared y escribió allá arriba, bien alto: “Señores, las arrugas no son cicatrices. Nicanor Parra”. En ese momento, al ver que Victoria Pueyrredón se abanicaba un tanto nerviosa, Berón apuró su vaso de vino y se levantó para llamarnos a la cordura. Fue inútil. La guerra ya estaba declarada y la sangre iba a comenzar a correr.
A todo esto, yo seguía en la mesa, debatiéndome ante un problema de difícil solución para una mente como la mía, vaporizada por el buen cabernet sauvignon estacionado a mis pies. No lograba recordar entera ni una sola frase ni verso que estampar con mi corcho. Mi memoria, ya de por sí floja, en ese momento estaba prácticamente anulada por el alcohol y la excitación que me producía ver tanta gente enojada.
Quiso la suerte, o la desgracia, que por esos días estuviera leyendo Ubú Rey, la obra teatral de Alfred Jarry que a fines del siglo diecinueve revolucionó el teatro a golpe de desparpajo, absurdo e irreverencia social y política. Se trata de una obra literaria fundamental para el siglo veinte. Sin ella no hubiera tal vez existido el teatro absurdo de Ionesco, ni el Teatro de la Crueldad de Antonin Artaud, ni la patafísica, el término lo inventó Jarry, que hizo célebre a Boris Vian. Los surrealistas reivindicaban a Jarry como maestro y mucho del humor cruel que John Lennon descerrajaba en sus canciones estaba emparentado con el Padre Ubú. La primera palabra de la obra se hizo famosa y se convirtió en el grito de guerra de los primeros vanguardistas. Esa palabra era ¡Merdre!, o ¡Mierdra! Así, con una ere entre la de y la a. Merdre, porque así hablaba el Padre Ubú, para desesperación de su esposa, la inicua Madre Ubú. Y guiado un poco por mi perverso sentido del humor y otro poco porque me parecía una perfecta síntesis de lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, quemé mi corcho y estampé bien grande, en un claro que había quedado casi en el centro de la pared:

¡Merdre! (Alfred Jarry)

…Y ahí se nos vinieron al humo. Todos. Hombres y mujeres, jóvenes imberbes y ancianos provectos, matriarcas respetables y damas de capelina de lánguido aire florentino, poetas gauchescos, cronistas deportivos, santacruceños, neuquinos, trelewenses, rionegrinos, todos unidos por fin con un objetivo en común: darnos una buena pateadura. Y nos la dieron. A mí me arrinconaron varios contra la pared de los graffittis y comenzaron a insultarme mientras Hilda López me pegaba con su bolso de cuero repleto de libros y folletos. A XX lo tenía agarrado del cogote un grandote oriundo de Zapala, que a su vez tenía a varios encima tratando de impedir la muerte por estrangulamiento del futuro autor de "XXX". A Cristian, que venía de ganar un premio sudamericano de poesía, lo fueron arreando a paraguazos hasta la puerta entre tres señoras de Neuquén. Alcancé a ver como trastabillaba y caía rodando los tres o cuatro escalones de acceso. Mientras esquivaba los bolsazos de la enfurecida Hilda, pude mirar un instante hacia la mesa central. Como si nada, Victoria Pueyrredón seguía desplegando su encantadora charla ante un auditorio lívido y al borde de un ataque de nervios. Lo último que logré ver antes de ser arrojado a la calle fueron sus ojos brillantes y su sonrisa de gioconda.
Fuimos expulsados del Encuentro por algunos años. Después, de enemigos públicos número uno pasamos a ser "esos chicos traviesos". Más tarde se empezó a reconocer que "algo de razón tenían los pibes". A finales de la década del noventa, el movimiento Poesía a la Calle fue homenajeado por el poeta y editor Víctor Redondo en Puerto Madryn y en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Es posible que, de alguna manera, hayamos abierto el camino por el que fueron apareciendo poetas como Raúl Mansilla, Jorge Spíndola y otros que están llevando la poesía patagónica a una trascendencia nacional impensable dos décadas atrás.
Un beneficio colateral resultó del hecho de que los neuquinos, espantados por la inusitada violencia de la batalla campal, adelantaron su regreso para esa misma noche, abortando así los planes de algunos de quedarse con la sede del Encuentro.

Pero hubo, para mí, un premio secreto, inmediato y delicioso, que ahora comparto con Uds.
Un amigo, que había permanecido neutral, y que cuando empezó la trifulca se hallaba muy próximo a Victoria Pueyrredón me lo contó mientras yo revisaba mis magullones y me sacudía el polvo de la calle que momentos antes me habían hecho morder.
Dicen que cuando empezó el batalla, ante el azoramiento y el sofoco de los anfitriones que no sabían cómo disculparse por la salvajada que estaba presenciando su ilustre invitada, Victoria los tranquilizó con la aristocrática sonrisa de una mujer que ha visto demasiado mundo como para preocuparse por unos palurdos comunistas y borrachos.
-Dejalos...- dice mi amigo que le dijo a Damián Berón - Dejalos, pobrecitos. Ni siquiera saben escribir mierda en francés...


(1) A pedido del interesado, he sustituido su  nombre y el de su libro por esas X.

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