Por las paredes
“lo están gritando / siempre que pueden / lo andan pintando / por las paredes” Joan Manuel Serrat

Hoy: El Aleph de papel (otro cuento de Borges)




Antes que nada una fe de erratas.
El viernes pasado escribí: “Como en toda escuela, hay profesores piolas y otros que te ESTUFAN.”
Por vaya a saber que misteriosa manganeta cósmica, la frase que apareció publicada fue: “Como en toda escuela, hay profesores piolas y otros que te ESTAFAN”
Bueno, eso también puede ser, pero no es lo que yo quise decir. Yo quise decir “ESTUFAN”, del verbo “estufar”, palabrita que, según la definición el Diccionario del Lunfardo de Athos Espíndola que a las diez y media de la noche me leyó con infinita paciencia Élida Fernández, significa: “fastidiar / aburrir / cargosear / cansar / hastiar / malhumorar / etc
Y agrega el diccionario que el susodicho término que proviene del italiano “estufare”, que quiere decir todas esas cosas y alguna más también, seguro.
La errata, chingada o traspié cibernético no tendría demasiada importancia si la frase en cuestión no hubiera involucrado a Jorge Luis Borges.
Porque resulta que don Jorge Francisco Isidoro Luis Borges me ha hecho pasar ratos buenos, muchos, y ratos malos, unos cuantos, pero nunca, jamás de jamases, me hizo sentir estafado. Estufado sí. Estafado jamás.

Ahora vamos al tema de hoy que, caramba, que casualidad, es acerca del troesma de Retiro.
Ya que estamos en tren de confesiones, el graffitti de hoy no existe, si por existir se entiende el estar pintado sobre una pared. En este preciso momento, este graffiti existe estrictamente en mi imaginación (y en mi computadora, que para el caso viene a ser más o menos lo mismo). Esta falsa pintada la hice yo, y sin preocuparme demasiado de que pareciera auténtica, sino más bien todo lo contrario.
Porque un graffiti trucho tal vez sea la mejor manera de homenajear a un escritor que elevó lo trucho a la más alta categoría de las bellas artes.
Falsificador genial, Borges es como esos magos que deschavan el truco haciéndolo una y otra vez a la vista de todos y, al mismo tiempo, siguen haciéndonos creer que la magia existe y que los conejos no nacen de las conejas sino de las galeras. Eso solamente lo puede hacer alguien que es mago de verdad.
Borges aprobaría la existencia imaginaria de este graffiti, ya que opinaba que lo que existe en la imaginación también es parte de la realidad. Cada pensamiento, cada sentimiento, cada imagen visual es parte del universo y, a la vez, lo modifica. Es decir, para Borges, el universo es infinito también hacia el interior de cada persona. La Biblioteca de Babel es un poroto al lado de un universo que incluye lo imaginario en la categoría de lo real.
En este universo vivió, entre 1899 y 1986, Jorge Luis Borges. Esta semana se cumplieron veinte años de su muerte.
Y yo creo que Borges estaría de acuerdo en eso de que “veinte años no es nada”. Porque es muy posible que sea recordado también dentro de doscientos años, y que dentro de dos milenios se haya convertido en una leyenda. Como Homero, ese otro poeta ciego.
Y si esto sucede el mérito será todo de él. Es que contradiciendo la imagen de viejo y patético ratón de biblioteca que se esmeró en cultivar desde su infancia, Borges fue un hombre fieramente apasionado. Sólo que aplicó la fuerza de su pasión a un objetivo único y diría que excluyente: el de convertirse en un clásico. Y vaya si lo está logrando.
Como su personaje de “Las ruinas circulares”, Borges soñó minuciosamente a otro. A otro que resultó ser el mismo y a quien el fuego de las críticas no podrá jamás destruir.
Desde hace casi cincuenta años, la figura de este escritor viene sobreviviendo a los más empalagosos homenajes y, sobre todo a las más furiosas críticas. De Borges se ha dicho de todo: que vivía en una torre de marfil, que era un genio, que era inentendible, que era conservador, que era un homosexual larvado, que no se comprometió con su tiempo, que patatín y que patatán. Los críticos siguen cayendo (a favor y en contra) sobre su obra y sobre su vida, cual famélica marabunta. Cada hormiguita se lleva su trocito de Borges, y de ese trocito hace un altar o un infierno. Qué vachaché. Así son los críticos. Suelen confundir los pedacitos con la totalidad.
Creo que a Borges, lector fervoroso y total, solo se lo puede leer así, es decir, de manera fervorosa y total. Pero hay que saber sortear sus trampas cazabobos: la de su erudición, por ejemplo. Vanguardista a su manera, Borges, especialmente el de a juventud, escribía “difícil” un poco porque le gustaba ejercer su maestría (como un futbolista que se divierte haciendo “jueguito”), y otro poco porque le encantaba espantar a los burgueses. Y a todos los demás.
En fin, creo que el mejor homenaje que puede hacérsele es dejar de hablar de él, y ocupar todo ese tiempo en hacer una lectura silenciosa y profunda de su obra, y no sólo de sus cuentos y poemas, sino especialmente de su ensayística. Porque ahí está la clave del universo borgeano.
En su cuento “El Aleph” Borges imagina una esferita del tamaño de una mandarina en la que es posible ver todo. Lo que se dice todo: el pasado, el presente y el futuro de todas las cosas.
No tengo pruebas de esto que voy a decir, pero sospecho que la obra entera de Borges ES el Aleph. Lo intuí una mañana, después de leer y releer durante meses los tres primeros tomos de sus obras completas. De pronto vi a todos sus escritos alzarse sobre el plano del papel y convertirse en un refulgente edificio de muchas dimensiones. Pasmado me quedé.
Ya sé que suena a cuento. A cuento de Borges. Qué remedio queda.

Gracias por Todo, Maestro.

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