Esta serie de artículos sobre graffitis fueron publicados en 2006 y 2007 en el Diario de Madryn

Por las paredes

“lo están gritando / siempre que pueden / lo andan pintando / por las paredes” Joan Manuel Serrat

Hoy: Entre Schopenahuer y Nicola di Bari



“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir. (...)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.”
Jorge Luis Borges. “El amenazado”

Imposible saber a ciencia cierta si este graffiti es una declaración de amor o una denuncia por mala praxis.
Después de tomar partido por la primera de las hipótesis, no puedo menos que acordarme del profesor Bassino, aquel baluarte de la escuela técnica nocturna en la que terminé mi secundaria. Bassino tenía a su cargo las cátedras de Mecánica Técnica y Resistencia de Materiales, materias somníferas si las hay cuando se tienen diecisiete años y la noche del viernes tiene cara de tortuga paralítica.
Este profesor, con una visión muy particular de la didáctica, llamaba a sus clases “El show de Bassino”, y solía mechar los tediosos cálculos y las más aún tediosas explicaciones con chistes y comentarios de un subido tono verde, que lograban despertarnos de manera espectacular, dado nuestro comprensible y natural interés por los pecados de la carne, que la mayoría de nosotros todavía no habíamos tenido el gusto de cometer.
Dijo Bassino aquella vez: “Muchachos, el amor es una enfermedad: se cura en la cama”
Recuerdo haberme reído mucho de aquel ¿chiste?
El amor como enfermedad. El amor como estado indeseable que puede terminar pronto o puede no terminar nunca. El amor como destino fatal.
Los inicios del amor, sobre todo los de esos amores que tardan en consumarse, suelen estar acompañados de síntomas como palpitaciones, angustia, ansiedad, ensoñaciones diurnas, sudoración fría y excesiva, complejos de inferioridad, dudas, insomnio, escritura de poemas, delirios de grandeza, pensamientos obsesivos, ataques de pánico, celos retrospectivos y/o anticipatorios, súbita activación del Complejo de Edipo/Electra, paranoia e inoculación maniática de canciones tipo Nicola di Bari o del cantante romántico actualmente de moda. Si eso no es sentirse enfermo, qué es.
Pensándolo bien, cuando un amor se termina los síntomas pueden ser alarmantemente similares, salvo lo de las canciones, que tienden más a un Sabina recontratrasnochado o a los tangos de macho herido que Julio Sosa cantó como ninguno.
Pero, hablando de canciones, y parafraseando a Javier Calamaro: ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor? ¿es una enfermedad? ¿un don divino? ¿un accidente necesario?
¿Es, como decía Schopenhauer, un artilugio del que se vale el “Genio de la especie” para asegurar la propagación del género humano?
Si nos atenemos a ciertos datos científicos últimamente difundidos, el amor romántico, ese que nos hace gozar, sufrir, temer, desear y escribir versitos a la luna llena, no dura más allá de dos años, y, después, a otra cosa mariposa. Entonces Schopenhauer tenía razón.
Mirando más de cerca: abundan los casos de matrimonios de hecho o de derecho que terminan reemplazando el amor romántico por una o más de las siguientes opciones: aburrimiento, amistad, aguante, tedio televisivo, compañerismo, complicidad, vocación religiosa, odio solapado, odio feroz, responsabilidad familiar, simbiosis, sociedad comercial, sadomasoquismo y algunas otras variantes de lo que hemos dado en llamar “un amor para toda la vida”.
¿Pero qué se hizo de aquel sentimiento, de aquel estado vital que imponía vivir la mejor de las vidas en compañía del objeto de nuestro deseo o morir en el intento?
Deben existir casos de ésos en que el amor romántico, el de la literatura o el de las telenovelas, dure realmente para siempre. Deben existir parejas que se queman a fuego lento y durante años en los ardores de un amor que puede ser tranquilo y volcánico al mismo tiempo (si así es, por favor que alguien me lo haga saber escribiendo al correo electrónico que figura más arriba)
Pero mucho me temo que, en la mayoría de estas historias de amor eterno, nos encontraremos con esos típicos “amores interruptus” que nunca llegan a ser del todo matrimonio o convivencia prolongada. Ésos sí que suelen durar hasta la tumba. Un bello ejemplo de esto lo encontramos en “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez, quien, dicho sea de paso, después de “Memorias de mis putas tristes” decidió, con hondo sentido de la autocrítica, no publicar una novela más.

Quien quiera encontrar en las líneas que anteceden un leve tono cínico, desengañado y zumbón, puede, como decían allá lejos y hace tiempo los monumentales Les Luthiers.
Pero (mientras haya vida siempre habrá un “pero”) me reservo el derecho a cambiar de tono y de opinión. Al fin y al cabo, un pesimista es que lo que queda de un optimista después de que la vida le pasó por arriba. Como en las mejores historias de amor, donde hubo fuego cenizas quedan.
Pis y caca: el Enmascarado no se rinde.
Los manuales de sicología, y a veces la vida misma, enseñan que el enamoramiento es un torpor de nuestro discernimiento, una alucinación que nos hace ver elefantitos rosas, peces de colores y virtudes paradisíacas en quien, por lo general, las tiene muy enterradas en el fondo de sí. Y también nos hace creer cosas parecidas de nosotros mismos.
Pero el amor no es ciego, ni enfermo. Los ciegos somos nosotros. Estar enamorado es lograr asomarse al cerco del propio horizonte y pispear que sí existe una vida mejor, más bella y más feliz.
Lo que nos enferma es otra cosa.

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