Un cuento de navidad


La casa tiene en la entrada dos sucesivas puertas de alambre.


Es vieja y como retorcida por los años y por el ventarrón que sopla desde el oeste la mitad de los días del año.


De día queda oculta de las miradas de la calle por una muralla de tamariscos, aún más viejos y más torcidos, que fueron plantados por una mano que seguramente hace mucho ya es polvo.







La muralla vegetal es cueva de gatos salvajes:


los veo reinar en la rama del tamarisco

castillo y coto de caza y nido de amor,


espanto ratonil y fiera tumba de pájaros.


Me temen pero no me ignoran:

por la tarde vienen a clavarme sus ojos amarillos


a través de la ventana

largamente nos miramos


hay algo como amor a lo desconocido

hay un deseo que no conviene alcanzar.


Son dos, negros, hermanos, mestizos:

al calor del sol de la tarde

su pelambre tiene reflejos de sangre oxidada.


Hay hambre orgullosa en los cuerpos flacos:

la libertad duele sobre todo en las tripas


Hoy los gatos se sentaron entre las puertas de mi casa

uno a cada lado del camino


y eran esfinges tibias

soñando la salida


o poniéndome a prueba

con su pregunta simple y mortal.



Nochebuena del 2005

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