Un reloj barato, barato












I


Este reloj barato, pesado, impreciso, perteneció, dicen, a mi abuelo. Los números, estampados del uno al doce en una caligrafía decimonónica, se perfilan nítidos y negros sobre una esfera blanca y sin manchas de esas que suele hacer el tiempo. Las agujas mayores son dos hebras de acero bruñido y azul extremadamente finas en toda su longitud salvo en sendos ensanchamientos en forma de corazón o de lágrima. Hay una tercera aguja, mucho más pequeña, cuya órbita está sobreimpresa al número 6 y que parece ser el humilde corazón de este artefacto. Al menos es fácil verificar el total acuerdo entre su movimiento espasmódico y los tic tacs que ahora mismo no me dejan dormir.









El reloj no tiene tapa (ya se dijo, lo compraron por nada) y la cadena que lo sujetaba se ha perdido hace mucho. Justo debajo del número 12 se lee, en letras cursivas de tipo inglés, la palabra “Standard”. Felices épocas aquellas en que se podía elevar esta palabra ahora tan denigrada al rango de marca o estandarte. No hay otro tipo de inscripciones en su frente.


Esta historia se acabaría aquí si no tuviéramos la precaución de dar vuelta el reloj sobre la palma. Ahí, sobre la caja de acero levemente combada para que de manera agradable se adapte al hueco de la mano, está la locomotora.






Grabada por una mano maestra que ahora es polvo (o tal vez por una máquina que ahora es óxido) la locomotora parece avanzar impetuosa, como si quisiera salirse del reloj para corrernos por el brazo. La locomotora ha venido desde algún lugar del horizonte situado a la izquierda del círculo de acero, un punto sugerido por la prolongación de las líneas de fuga de la perspectiva. Un punto imaginario, fuera de los límites del reloj y, tal vez, de los del tiempo.

El grabado es de una fidelidad asombrosa: ahí, en primer plano, está el miriñaque, hundiéndose, como buena cuña que es, en el aire y la distancia. Puedo contar cada una de las barras de acero que se proyectan de manera oblicua hacia delante y hacia abajo, en donde se sueldan a las dos poderosas barras en forma de flecha que barren la ferrovía. En la parte superior de la fachada de la locomotora, y casi a la misma altura de extremo del miriñaque, es fácil distinguir una caja rectangular que suponemos de acero y vidrio. Contiene un círculo leve, que identificamos como un poderoso faro, a juzgar por su tamaño relativo. También podemos deducir que está apagado, ya que la escena parece ser diurna.







Inmediatamente detrás vemos la chimenea, de la que brota una graciosa sucesión de pompas algodonosas. Es increíble que donde hay acero nos hagan ver vapor, con tanta gracia han sido arañadas sobre el metal. Las nubecitas salen impetuosas, buscando el cielo, pero inmediatamente son barridas hacia atrás por el choque frontal del viento y hacia atrás van, engarzadas como perlas, paralelas al cuerpo de la máquina, afinándose y desapareciendo en dirección al punto de fuga. Estas nubes son las que producen la impresión de que la máquina no sólo avanza con rapidez, sino que también jadea con esfuerzo.


El cuerpo cilíndrico de la locomotora, la caldera, está reforzado por tres sunchos o bandas de metal en las que se adivinan tornillos o remaches. En su parte superior hay otras dos protuberancias o cilindros, tocados con graciosos sombreritos chinos, seguramente chimeneas también, una será para que escapen los gases de la combustión del carbón, la otra no sé. Entre ambas asoma, a medias, una campana, alcanzamos a distinguir el badajo y a imaginar que es de bronce, un toque dorado y pulido y tierno entre tanto hierro negro y rugiente.


Más atrás aún, está la cabina del conductor. Pueden verse dos minúsculas ventanas, una de ellas apenas está resuelta con cuatro trazos débiles, la otra presenta un sutil rayado vertical que la oscurece, dándonos la impresión de que está abierta. Pero al conductor no lo vemos.

El techo de la cabina describe un arco que armoniza graciosamente con las curvas de la caldera. Al final vemos el ténder, montado sobre pequeñas ruedas y que suponemos rebosante de carbón mineral.





Las ruedas de la locomotora son seis, estamos viendo el costado derecho, es de suponer que por necesaria simetría en el costado izquierdo hay otras tantas, y están delineadas a la perfección. Es posible contar cada uno de los rayos que las componen, salvo en las que asoman detrás de los émbolos o bielas y otros cilindros que seguramente son parte esencial del mecanismo motor pero cuyo nombre y función desconocemos. En dos de las ruedas es posible apreciar la muesca o acanaladura que les permite calzar a la perfección sobre el riel, garantía de que el camino emprendido será justo y recto, y alejado, hasta donde es posible, de los peligros del descarrilamiento accidental.




No hay otros indicios de paisaje que el terraplén que podemos ver en primerísimo primer plano, apenas medio metro por encima del terreno liso y despejado sobre el que se apoyan los durmientes. Los bordes irregulares del terraplén denotan que ha sido abierto en una suave colina por la mano del hombre. Entre las fisuras y terrones sueltos crecen algunos hierbajos.

No hay otros indicios, decíamos, pero el vacío que se adivina detrás de la locomotora nos hace pensar en una pradera o en un desierto.

Si aguzamos la vista podremos distinguir, detrás del ténder y a un costado de la vía, una muesca o rasguño, tan leve que podría ser accidental, producido por los avatares y zarandeos a que este reloj ha sido sometido a lo largo de cien años. Esa muesca o rasguño es mi abuelo Giuseppe. Eso al menos es lo que dijo mi padre cuando yo contaba apenas con cuatro o cinco años. Por entonces yo no tenía motivos para dudar de su palabra. Ahora prefiero creerlo así.





Ese hombre que está ahí, tal vez lleva una pala o un pico o un mazo sobre el hombro, es, entonces, mi abuelo. El desierto que se extiende todo alrededor puede ser Kansas o Nebraska o Illinois, no podemos más que imaginarlo. El hombre es alto, delgado pero no enclenque, no tiene más de treinta años, y lleva el mostacho vigoroso y retorcido y una barba de seis días, roja, herencia pertinaz de aquellos vikings que sentaron sus reales en Sicilia dizque hace mil años. Tal vez esa viajera sangre escandinava es la que lo ha llevado allí, es romántico pensarlo, pero la pala o el pico o el mazo son prueba suficiente de la condición humilde del hombre, y entonces no hay duda, de Sicilia lo han corrido el hambre y la esperanza de dejar de sentirla alguna vez. En aquellos mustios olivares de los alrededores de Mazzarrone han quedado padre, madre y una novia, Margherita, a la que está dejando de extrañar.

Pero estamos dejando que la imaginación se haga cargo
del relato demasiado pronto. Atengámonos a lo poco que sabemos de esta historia. Que es el año 1911. Que en 1908 Giuseppe se extasió por primera vez frente a la Estatua de la Libertad. Que en Nueva York anduvo en compañía de paisanos, pero también de negros o irlandeses. Que trabajó cuatro años en el tendido de las vías del ferrocarril. Que los domingos, entre varios, no sabemos su procedencia o pelaje, hervían una gallina y unas papas y con vino tinto y barato brindaban por esta tierra de promisión. Que en 1912 retornó a Sicilia para casarse y volver enseguida los Estados Unidos. Que nunca volvió. Que por esto vivió amargado y nostálgico el resto de sus días. Que murió en el invierno europeo de 1966, apretando en la mano este reloj.

Esto es lo que sé. Es lo que me ha contado mi padre, que ahora también está muerto. De la historia no tengo más pruebas que este reloj y algunas palabras en un inglés bastardo que desde entonces son herencia de familia.

Una cosa más me ha dicho mi padre: que fue Margherita, su madre, la que impidió el regreso a Estados Unidos, mediante el simple expediente de hacer mil pedazos y arrojar al fuego el permiso de residencia que mi abuelo le había llevado como trofeo y regalo de bodas. Un acto de violencia mínimo, pero exacto y letal.




II



El hombre con el mazo al hombro, si es que es un mazo, se ha quedado viendo pasar la locomotora con cierto confuso orgullo: al fin y al cabo él ha tendido y reparado un buen tramo de aquel camino de hierro. Una parte de aquella inmensa red de acero y maderas duras como piedras, de alguna manera, le pertenece.


Hey, Red, move, you moron… El insulto del capataz no le altera la sangre en lo más mínimo. Está ya acostumbrado a estos buenos malos tratos yanquis, que en Sicilia hubieran pasado casi por un exceso de urbanismo. Además, es la primera vez que lo llaman Red. Siente una tácita aceptación, una áspera bienvenida en aquel apodo. El hombre del mazo y los mostachos rojos camina hasta la zorra silbando una canzonetta.


El campamento ferroviario había sido levantado en una pequeña depresión al costado de las vías. Son unas cuantas barracas alineadas en una doble fila que forman una pequeña, y única, calle central. Las más alejadas son las que hacen las funciones de dormitorio y comedor. Hacia allí se encamina Giuseppe, o, digamos, Red, respetemos esta pequeña pero auténtica alegría, que bien pocas tiene tras tres años de duro trajín.

Tras lavarse en el agua escasa que les está permitido usar, camina hasta el comedor. Tiene hambre, y la bazofia que suelen servir días tras día en aquel fin del mundo igual le sabrá a néctar y ambrosía. Ya hay varios compañeros sentados a la mesa, hablando a los gritos a través de la barraca. Unos sicilianos, abroquelados en un rincón le hacen señas para que vaya con ellos. Uno es de Mazzarrone. Red los saluda con la mano, como para no despreciar, pero se sienta a una mesa en la que hay un irlandés, dos nativos del país, uno es negro, y hasta un chino. Red está harto de Sicilia y de los sicilianos, de sus murmuraciones, intrigas y vendettas. Ya ha tenido bastante de todo eso.

El chino y uno de los irlandeses están tratando de entenderse en aquella especie de lingua franca ferroviaria hecha tanto de gestos y de visajes como de palabras y que cambia momento a momento. Las palabras acuñadas de esta manera son frágiles como mariposas, lo que se dijo hoy mañana será letra muerta.


El chino trata de decir algo acerca de la comida del domingo, cuya pièce de resistance es la consabida gallina que un mercachifle portugués les traerá todavía viva y que el chino, Tzu Tung Po, suele decapitar con una rapidez y una precisión alarmantes. Ante el gesto de incomprensión del irlandés, Tzu Tung Po se sube a la banqueta, lleva los pulgares hasta los sobacos, aletea dos o tres veces mientras emite un largo cacareo. Sin salirse del papel levanta un cuchillo de la mesa y se lo pasa rápidamente por la garganta. El cacareo se convierte en estertor. Tzu se desploma dramáticamente, arrancando un aplauso de la concurrencia. Después se sienta, ceremonioso, mete la mano en un zurrón que está a sus pies, muestra al irlandés un puñado de arroz y sonríe de manera beatífica. O búdica, atengámonos con debido respeto a la libertad de cultos que reina en el país.
Con arroz, dice uno de los norteamericanos, quiere comer la gallina con arroz. Antes me como a un inglés, dice el de Irlanda, para quien las papas son sagradas y los ingleses, obviamente, no.

La vida en el campamento es así, un esquema elemental de supervivencia trazado a las apuradas antes y después de la caída del sol. Las horas de luz se reservan para el trabajo. Todos los días este pequeño ejército se levanta al unísono y marcha hasta algún tramo de vía que hay que tender o reparar para que el tren pueda ir un poco más lejos. El enemigo de este ejército es la distancia.

Los hombres que ocupan esta mesa saben darse unos pocos lujos, concentrados en el período que va desde la tarde del sábado hasta la noche del domingo, momento en el que se van a la cama con las gallinas después de haberse almorzado a una de ellas: un baño y una afeitada al aire libre, unas cartas que van y vienen con el tren, una partida de brisca o póker de esas que procrean blasfemias y enemistades.

Los sábados, antes de que se ponga el sol, van en grupos hasta el pueblo, uno de esos tantos que se aferran como ácaros al lomo del desierto norteamericano. Una cantina y dos prostíbulos son los negocios que llevan la relación más directa y fructífera con el personal ferroviario.

Dicen que en lo de Peggy hay chicas nuevas, jóvenes, dice uno. Las putas son todas viejas, dice otro. Viejo es el oficio que tienen, dice otro más. El oficio las vuelve viejas enseguida. Basta con mirarles los ojos, dice uno. Y quién quiere mirarles los ojos, dice Red, encogiéndose de hombros y provocando una risotada general de la que se abstiene Tzu por obvias dificultades lingüísticas. Por otra parte, Tzu Tung Po sigue pensando en arroces y gallinas. ¿Vamos el sábado? Vamos.

Peggy sabe manejar su negocio. Las chicas se lavan y perfuman después de cada cliente. El ambiente huele a tabaco, alcohol y falso perfume francés, pero para estos hombres es el aire del paraíso. Y ahí están las huríes: una china escuálida, dos negras, cuatro polacas, dos francesas que, sospechosamente, gesticulan como italianas y una que dice venir del Líbano, tal vez una verdadera hurí que ha bajado a adelantarles parte de la recompensa final a unos cuantos de éstos, sean mahometanos o no. El dinero no tiene olor y, por lo visto, tampoco escrúpulos religiosos.

La sala principal abunda en raídos terciopelos rojos que cuelgan en graciosos arreglos que las pupilas se complacen en cambiar de tanto en tanto. Los mismos pliegues, pero en telas más suaves, pueden verse sobre la carne de las mujeres. Ciertas veleidades clasicistas adquiridas por Peggy en un lejano e inconcluso bachillerato bostoniano perduran en las togas y sandalias griegas que visten sus chicas. Uniendo lo útil a lo agradable, Peggy ha mandado confeccionar estas prendas que las mujeres se arrojan negligentemente sobre los cuerpos desnudos. Son más fáciles de poner y sacar, y hay que ver lo que se ahorra en ropa interior. Además, así se cuida la fidelidad y felicidad de los clientes, quienes aún antes de pagar pueden solazarse con la vista de un muslo mórbido o un pecho turgente, en este lugar es difícil esquivar los lugares comunes, que las mujeres dejan ver sospechamos que adrede mientras ríen y bromean sobre los amplios sofás que en la media luz rojiza pasan por inmaculados.

El grupo de hombres que acaba de entrar se ha detenido formando una masa compacta en el centro del salón. Están ofuscados, más que por la semioscuridad, por los vahos de yegua fina que flotan en el ambiente. Hay otros hombres esperando, diseminados en los sofás. Contrariamente a lo que uno se espera de lugares como éste, reina un silencio religioso, aserrado sólo por el chacoteo en voz baja que viene desde la esquina más alejada a la puerta. Son los sicilianos. Uno de ellos se levanta. Es el de Mazzarrone.

Ciao, Papé. Ciao, Vannino, la antipatía entre estos dos hombres no ha nacido en este lado del Atlántico, eso se nota, es bastante vieja, aunque en Mazzarrone se dice que tiene nombre de mujer joven. El nombre no lo sabemos, digamos que es, tal vez, por ejemplo, Margherita.
¿Papé? ¿Qué nombre es ese?, se sorprende el irlandés. Así le decimos en nuestro pueblo: Papé, u Iassu. ¿U qué? U Iassu. El quemado. Al abuelo de éste se le prendió fuego la casa. Se metió a salvar lo que podía. Dicen que lo primero que sacó fue al burro. Fue el único de la familia que no se quemó ni un poquito. El burro, digo. La mano derecha de Red sube. Más rápida aún, la del irlandés le aprieta el antebrazo, deteniendo el movimiento en seco, vamos a divertirnos.

Un rápido palmoteo disuelve el equilibrio inestable que se ha instalado en el grupo. Es Madame Peggy, que sabe cuando intervenir para mantener la buena marcha del negocio. Las damas están esperando, dice con un gracioso ademán que se abre en abanico señalando todo alrededor del salón. Los hombres miran pero están las mujeres de siempre. Dónde están las nuevas. Un poco de paciencia, caballeros. Elijan, si gustan. Los que prefieran esperar, podrán tener el placer de conocerlas en breve. La tarifa es doble, claro, como todo el primer mes. Madame Peggy levanta ambos índices y ambas cejas cuando propone un juego funny-funny. Hoy, como es la primera vez, eligen las chicas.

Los hombres dudan. Algunos comienzan a desgranarse de los grupos. Más vale pájaro en mano. Y además lo de la tarifa doble, un asalto. Por otra parte, hay ciertas afinidades mutuas entre clientes y pupilas que Peggy, si no alienta, al menos permite con maternal indulgencia. O’Cassey y Zaida, la libanesa, por ejemplo. Y contra lo que puede esperarse, la elección de Tzu Tung Po no ha recaído nunca sobre su connacional: a él lo chifla una de las polacas, que casi lo dobla en tamaño. Uno a uno los hombres van desapareciendo con sus parejas por los pasillos que dan a los cuartuchos, estos sí aliviados de colgajos de terciopelo: una luz cruda, las paredes desnudas color amarillo limón, el estuco saltado aquí y allá, las sábanas también amarillas por los años, pero, eso sí, bastante limpias a fuerza de lejías y fregados.

Quedan dos de los sicilianos, uno de ellos es Vannino, y el negro Tom, nombre éste al que, si se aprecia la propia vida, nunca hay que anteponerle la palabra “uncle”.
También se ha quedado Red, pero éste por razones diferentes, el puño no se le ha aflojado, nadie le había hasta ahora espetado en la cara el recuerdo de esa quemazón que por invisible no es menos real. En Sicilia las heridas son hereditarias, los padres las llevan en el cuerpo, los hijos en el alma.


Entran dos mujeres. Las togas nuevas descubren apenas los tobillos. Dan una vuelta lenta alrededor del salón. Acarician una barbilla aquí, un hombro allá. Una de las mujeres es negra, pasa frente a los sicilianos, que la desprecian con gestos que imitan escupitajos. Ella, sin inmutarse, se detiene ante Tom y con un gesto desmayado deja caer la toga. Tiene un cuerpo soberbio. Tom la mira y en la semioscuridad sus dientes relumbran. La mano del negro sube desde los tobillos acariciando la pierna, el muslo, la curva vertiginosa de la cadera. Ella le toma la mano y camina delante de él, todo su cuerpo tenso y terso recuerda el diapasón de ébano de un Stradivarius, al caminar parece que hiciera música. No pasará un mes antes de que estos dos desaparezcan una noche, algunos dicen que rumbo a California, es una lástima no poder contar todas las historias, ésta promete.

La otra mujer, que ha visto como esos dos han tratado a su compañera, siente repentina solidaridad de hembra y rechaza con gesto brusco la mano de Vannino que a comenzado a metérsele entre las nalgas. Cruza en tres pasos la habitación y, sin ceremonias, toma la mano del hombre cabizbajo y tira suavemente. Aturdido, Red se deja llevar.

Parados en el centro de la habitación, al lado de la cama el hombre y la mujer están frente a frente. Él sigue con la vista baja y el gesto hosco. Ella lo toma de la barbilla y trata de hacer que la mire. Red se zafa y comienza a desvestirse maquinalmente. Ella se encoge de hombros, se saca la toga de un tirón y se acuesta en la cama con las piernas abiertas. El olor de mujer golpea a Red, que, como despertado bruscamente de un sueño, mira sin entender lo que su sexo sí ha entendido dos segundos antes. Se arrodilla en la cama y hunde con cierta violencia la cara en el vientre de ella. Huele a trigo. Ella lo toma de los cabellos y tira. Él la penetra de un golpe y ella abre apenas un poco más los ojos. Las sacudidas pueden contarse con los dedos de las manos. Después, un largo quejido que le sube a Red desde el bajo vientre y que acaba en una convulsión y un sollozo. Red hunde la cara en el cuello de la mujer, la oculta bajo su cabello perfumado, y llora suavemente. Ella no pregunta.


El trabajo está, desde el punto de vista técnico, desde cualquier punto de vista, acabado. No hay lugar a quejas o reproches por parte del cliente que, además de la razón, tiene también los minutos contados para estar ahí, time is money, pero entonces por qué la mano de ella se demora acariciándole la nuca, por qué está murmurando palabras que suenan a italiano pero no, por qué le está besando las lágrimas, por qué sonríe a su vez cuando él levanta la cabeza avergonzado y sonríe, por qué ella lo besa largamente en la boca después de que él, barba roja sobre una cara todavía más roja, la mira largamente a los ojos. Yvonne, me llamo Yvonne. La mujer sacude la cabeza con un gesto rápido. Soy Martha. Martha, con hache, with h. Soy argentina, agrega como si esto fuera una explicación y, además, una explicación de qué.

A Red, que es analfabeto, esa precisión ortográfica lo confunde para siempre. Morirá convencido de que la mujer que lo ha besado largamente, y no va a ser la última vez, lleva por nombre Marta, y por apellido, Witeich.

Red, Giuseppe, alcanza a decir Red, Giuseppe, antes de que unos golpes que comienzan suaves y terminan destemplados lo expulsen de la habitación. En el pasillo sonríe, gélida, madame Peggy. No está enojada. Sólo se esfuerza por expresar bostonianamente su afán de mantener en alto la tradición del país, home of the braves, igualdad de oportunidades para todo el mundo, así se trate de estos roñosos, roñosos, roñosos italianos. Porque el que está con ella, el que se está abriendo paso entre los dos, el que sonríe socarrón y se cuela por la puerta entreabierta por la que se alcanzan a ver los muslos y el vientre blanco de Yvonne es Vannino, nato in mille ottocento ottanta due a Mazzarrone, provincia di Ragusa.


III

Ivonne y Red se han visto durante meses. Él no ha dejado de pagarle ni una sola vez a la madame. La mitad del dinero, a veces más, vuelve, vuelve siempre, dos o tres billetes metidos apresuradamente en el bolsillo del pantalón que cuelga de la silla. Este dinero sí tiene olor, el de los pechos de Ivonne. Es cierto que en estos meses no todo ha sido coser y cantar. Ella una vez leyó a escondidas una carta que Red acababa a dictarle a un napolitano recién llegado. Que quién es Margherita. Que qué te importa. Y ella ese día se le negó. Él una vez le preguntó que cuántos hombres esta semana, y ella se lo dijo, y el la abofeteó dos veces y después se la comió a besos. Una vez han entrado por separado en la casa de fotografía del pueblo y se han sacado un retrato, paga doble, por la placa y por el silencio que el fotógrafo jura guardar y guarda a medias, que es como decir nada, peor aún, la fotografía desaparecerá del cuarto de Ivonne un día de estos por venir, quién sabe quién la ha robado, y para qué.


Una tarde ella se deja y no se deja desvestir entre risas, y cuando de un manotón él le arranca la túnica, ve que ella tiene un cordón de seda alrededor de la cintura, y que del cordón cuelga un reloj, justo a la altura del sexo, este regalo hay que ganárselo, le dice ella, y él se lo gana. Después, mientras están acostados muy juntos, Marta Witeich le muestra la locomotora grabada en la parte posterior del reloj, y hacen chu chu chuuu a dúo y sueñan que viajan como marido y mujer.

Otra vez se han encontrado cerca del río, lejos de la vía, a escondidas, ella lleva una canasta con vino y flores, él pan y queso, se han bañado desnudos y han hecho el amor, ahora hablan tranquilamente como hombre y mujer que son, me gustás, le dice ella en argentino, you like me, traduce, riéndose ante el gesto obtuso de Red, que él termina por exagerar para que ella se ría un poco más, para que suelte un pájaro más. Después le dice: es hora de volver. Es temprano, dice ella, señalando el sol. De volver a Italia, dice él, me esperan allá. Margherita, dice Ivonne. Sí, y mis padres. Ella se levanta y comienza a caminar. Él recoge las cosas y la sigue apresuradamente. Caminan largo rato en silencio hasta la ferrovía. Si lo que te molesta es mi trabajo, puedo dejarlo, dice ella. No es eso, dice él, y miente a medias. Pero las cosas son así. Así cómo. Como esto, dice Giuseppe, que ya no se llama Red, pateando el riel. Los dos se quedan mirando el camino de hierro que se aleja, obligatorio e inevitable.

Desde entonces ella volvió a recibir a Vannino. Había logrado convencer a la madame de que le evitara al siciliano rubio y petiso. Por qué. Por el olor, dijo Ivonne, y mentía a medias y la madame lo sabía. El dinero no tiene olor, dijo madame Peggy. El de éste sí, lo guarda en las medias. Como quieras, dijo madame, quien tras breve cálculo concluyó que con el pelirrojo el comercio era más que regular y que, como ganancia extra, a la chica se la veía más contenta. Y eso siempre evita problemas. Ante el levantamiento de la interdicción, volvió a preguntar. Por qué. Porque sí. Acaso no sigue oliendo mal. Sí, pero necesito más dinero, con olor o sin olor. Te vas a ir del pueblo. Puede que sí.

Si te vas me mato, dice Red, y antes lo mato a él. Me importa un carajo, dice Ivonne en argentino, y no traduce, es más fácil mentir en un idioma que el otro no comprende. La tarde anterior a la pelea deja el pueblo para siempre. Cuando le preguntan que a dónde va, dice que no sabe, que tal vez a Nueva York.


IV

Los dos hombres se están moliendo a golpes. Las apuestas están parejas. Hay sangre en las bocas, las frentes y los puños. La llegada de un capataz termina la pelea. Los rollos de dólares vuelven, en general, a los mismos bolsillos de los que salieron, las diferencias contantes y sonantes traerán nuevas peleas, pero esto ya no es de nuestra incumbencia. Entre varios separan a los gladiadores y los llevan lejos uno del otro. Vannino se suelta el brazo de un tirón y espera a que Giuseppe lo mire. Entonces dobla el índice, lo lleva a la boca y le da un rápido, falso tarascón. Sólo los sicilianos y sus pocos allegados saben, entonces, que se acabó el american way of life y que habrá vendetta.

En este tren viajan juntos un hombre y un sobre. El sobre contiene una carta y una fotografía. El hombre está vacío. Ninguno de los dos tiene sospechas de la existencia del otro: el sobre, es obvio decirlo, porque sufre esa inconciencia propia de las cosas inanimadas, el hombre, que no es otro que Giuseppe, porque no ha visto la mano que ha despachado ese sobre de papel manila en la estación poco antes de que él llegara con su valija de cartón. Juntos llegan a Nueva York. Allí se separan. El sobre parte inmediatamente en un carguero, desembarca en Nápoles, de allí otra vez en tren hasta el Estrecho de Messina, otra vez barco, otra vez tren. El último tramo hasta Mazzarrone, por caminos cubiertos de piedra tosca, lo hace cargado a espaldas de un cartero. Es entregado en una casa de puerta verde. Esa noche, la puerta verde se abre y el sobre, ya sin carta, sólo la fotografía contiene, es deslizado silenciosamente por debajo de otra puerta, esta vez blanca.

Giuseppe, mientras tanto, se ha quedado en New York, y por eso llegará más o menos tres semanas después de que el sobre sea abierto detrás de la puerta blanca.




Pero llegará al fin, no hay duda de eso, ahí están las pruebas, ahí está mi padre, ahora muerto, que estuvo a punto de no nacer, puede parecer la misma cosa no nacer que estar muerto pero no, porque aquí estoy yo, carne de su carne, sin poder dormir, y aquí está este reloj con esa muesca o rasguño, esa de la que mi padre dijo, creyendo que era una broma inocente, ves, éste es tu abuelo, esa muesca o rasguño o herida que recibirá cuando Margherita lo arroje contra la pared, un minuto antes de partir en mil pedazos el permiso de residencia que ha emparejado cuidadosamente con esa fotografía, maldito invento, es cierto, una imagen dice más que mil palabras. El permiso y la fotografía, Ivonne y Red, tiesos pero abrazados, ahora son mil fragmentos irreconciliables y pronto, en menos de lo que tarda en decirse, se estarán quemando juntos en un fuego rabioso que nunca dejará de arder.




Giuseppe, ya no Red, llegará al fin. Estaba escrito desde el principio, y es que el camino de hierro que lo ha llevado hasta allá y después lo ha traído hasta aquí es justo y recto y no permite descarrilamientos sean éstos accidentales o no. Y por eso caminará con su valija de cartón hasta aquella misma puerta blanca, golpeará suavemente con los nudillos y la puerta tardará una eternidad en abrirse. Y después esta puerta se cerrará de golpe, dejando la eternidad afuera.

Pero ahora todavía el hombre está en New York. Durante estas tres semanas no hace turismo ni descansa, no, ni un poquito. Qué hace entonces. Busca, busca, busca en el puerto, en las tabernas, en los prostíbulos, en las callejas, en los teatros, en las cloacas, en las morgues, en el registro civil, en los circos ambulantes, en los manicomios, en los albergues del Ejército de Salvación, en los hospitales, en el departamento de policía, y no, nadie conoce ni ha sabido nunca de esa tal Marta, cómo dijo, ah, sí, esa tal Marta Witeich.




a Papé.



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