Lombrices


Hace cuatro días fui a pagar el impuesto a los ingresos brutos por mis brutos ingresos como docente contratado. Un regalo de la flexibilización laboral defendida a banelcazos por peronistas y radicales, and other things.

Trabajo basura, que le dicen.

En la cola me encuentro con C.M., una joven que, de adolescente, participó en el taller de escritura municipal que coordiné durante veinte años. Recuerdo a C.M. como una chica tímida, muy humilde, escondida detrás de un flequillo casi azul. La última vez que la vi era cajera de La Anónima. Ahora es una mujer segura y tranquila. Me cuenta que estudió, que está contenta, y que trabaja en un programa de reinserción para la gente que vive en el basural, la que vive de la basura que todos producimos a minuto por bolsa. Ya yéndose, C.M. me dice, de repente tímida otra vez: “¡Ah, en el trabajo aplico algunas cosas que aprendí en tu taller! ¡Me las robé!”

Me deja pensando en la relación entre poesía y basura, entre basura y poesía. Y en lo lindo que es que te roben cuando la propiedad es un hacer, no un tener.


Hoy me encontré con P.B., un ingeniero semi retirado, viejo compañero de andanzas. Me cuenta algo de su vida de estos últimos años. La sumatoria no le da menos cero porque todavía conserva la maestría de cagarse de risa de todo. Siempre trató de enseñarme: comemos mierda, cagamos risa.

Antes de separarnos en medio de ese frío ventarrón mañanero, me dice: “Ayer leí tu nota, esa del basural”.


Caramba, pensé, eso lo publiqué en Darse vuelta hace tres años.


Qué lento trabajan las lombrices del tiempo.


Después, el basural juntó en mi pensamiento a C.M. y a P. B. El viento oeste olía a lluvia, a caballos, a tierra que no da más, pero da.


Acá va la nota del 2006. No pude recuperar las fotos de Luciana Damiao. Va una de Juan Rosell, que fue tapa de ese número de Darse vuelta.




Vivir en el basural
























Llegamos al basural un rato antes del mediodía. Un habitué del lugar nos recomendó el horario. Porque después de las doce vienen la hora del almuerzo, los tetra brick y, posiblemente, los problemas.

El espectáculo es dantesco. Es decir: un paisaje que Dante, de haber vivido en este siglo XXI, no hubiera dudado en incluir en algunos de los círculos del infierno de su Divina Comedia. Hay caminos que serpentean en distintos niveles. Sobre las lomas se levantan pequeñas construcciones hechas de la materia prima que tanto abunda en el lugar. Están quemando basura. Entre el humo espeso y gris reverberan algunas figuras humanas que escarban en montículos. Por arriba revolotea un círculo de gaviotas que, sumado al mar que brilla allá al fondo, da a la escena la apariencia de una tarjeta postal enviada desde el Mundo del Revés.

Bajo del auto, sin saber muy bien por donde empezar el reportaje. Luciana, la fotógrafa, queda a bordo, por las dudas.

Decir que el olor es nauseabundo es caer en un imperdonable lugar común. Es un olor insidioso, ofensivo, omnipresente. Pero no provoca náuseas. Solamente ganas de salir corriendo.

Me dirijo a uno de los grupos que charlan sentados entre sillas desfondadas, carcazas de lavarropas, millones de bolsas de nylon, pilas, encendedores de plástico, carrocerías oxidadas y ese otro millón de cosas a las que la sociedad de consumo decretó el “no va más”.

Son cuatro hombres jóvenes que escuchan en silencio mientras explico qué ando haciendo por ahí. Se miran entre ellos con una sonrisita entre tímida y burlona. “No, nosotros no… no sabemos hablar… El que sabe hablar es Lumbrera, allá, en la casita, arriba…

Llega un camión. Las personas sentadas en distintos lugares del basural, unas quince o veinte, se acercan y esperan que el camión vuelque su carga. En orden, en silencio, se ponen a escarbar en la basura nuevecita.



Lumbrera


Nos acercamos a la casita de la loma. Por entre las matas viene caminando un hombre de barba, gorro de lana y un grueso saco marrón. “Buen día”, le digo mientras me acerco. Tiene unos cuarenta años y una mirada clara e inteligente. Tal vez por eso le dicen “Lumbrera”. Le explico lo del reportaje y el tipo me echa una mirada feroz. “ No, no, nada de notas… Al carajo con las notas… ¡Ya me tienen harto con las notas!” me grita mientras se aleja alzando los brazos por encima de la cabeza. Un perrito lo sigue, haciéndole fiestas. Comienzo a sospechar que la idea del reportaje no es demasiado original.



Pedro


Le propongo a Luciana seguir subiendo para que pueda sacarle fotos a unas casitas allá arriba. Sobre una de ellas flamean dos furiosas y deshilachadas banderas argentinas.

En uno de los ranchitos, al borde de la cuesta, vemos un camión estacionado. En el hueco que hace de puerta, matean cuatro hombres. Pido permiso, me acerco, explico lo del reportaje. Tres de los hombres me señalan al cuarto. Es el dueño de casa. Los otros son los camioneros, que andan comprando vidrio. Me convidan un mate. Después los camioneros se van callados, a continuar con la carga. Pedro me invita a sentarme en un cajón de plástico. “Hablar sí, pero nada de fotos. No me gustan”. Me cuenta que es de Dolavon, que tiene treinta y dos años, que trabajó en el campo allá en Paso de Indios, que supo fabricar ladrillos, que trabajó de ayudante de albañil y que, desde hace unos cinco años, desde que se quedó sin laburo, cirujea y vive en el basural tres o cuatro días a la semana. Junta vidrio, metal y papel. Tiene ya clientes fijos que vienen a comprarle la mercadería. A veces en el basural encuentra ropa en buen estado. O relojes. Eso no lo vende. El resto de los días vive con la mamá, “allá en Puerto Madryn”, dice señalando a la distancia la ciudad que realmente desde aquí parece muy pero muy lejana.

No sé que va a pasar ahora, que van a sacar el basural…” me dice Pedro después de un largo silencio. “El otro día vinieron de la Municipalidad y nos anotaron a todos los que laburamos acá…

En una de esas mejoran las cosas, le digo. “Sí, en una de ésas mejoran…” Al fin y al cabo, le digo, el trabajo que hacen ustedes es necesario. “Claro”, me dice y me mira largamente. “Nosotros nos encargamos del reciclaje…

Me cuenta que el año pasado vinieron a verlos de una cooperativa de cartoneros de Buenos Aires, a explicarles como organizarse y trabajar mejor. Pero que acá eso no prendió. “Lo que yo quiero”, me dice Pedro cuando me despido, “es encontrar un trabajo estable…”



Los perros


Nadie más quiere hablar. Decidimos pegar la vuelta. En el camino nos topamos con unos seis o siete pichichos. Luciana quiere tomarles unas fotos. Dos o tres se escapan cuando nos bajamos del auto. Uno, aparentemente el líder, se sube a una lomita, y es como si estuviera posando para la foto. En realidad nos está vigilando. Una perrita flaca se acerca, me husmea los pantalones y me pega un lengüetazo en la mano. Mientras suenan los clics, yo mismo me subo a otra lomita para ver qué hace el resto de la manada. Con cierta intranquilidad recuerdo un cuento del gran Antonio Di Benedetto (no, ningún parentesco) en el que un padre y un hijo son asediados durante días por una tropa de perros salvajes. Con alivio compruebo que éste no es el caso. Los perros andan lejos, a los tarascones vaya a saber con qué.



El regalo


Escucho un aleteo como de hojas secas casi bajo mis pies. Al bajar la mirada veo un libro tirado ahí, entre botellas de plástico y jirones de bolsas. Está prácticamente intacto. Tiene todas sus hojas. Solamente unas marcas, como golpes, arruinan un poco la tapa. Es la novela “No” de Dalmiro Sáenz. Le sacudo el polvo y plinc, caja, lo guardo en mi morral.

El basural me ha hecho un regalo muy apropiado y lo agradezco debidamente. Murmuro aquel verso de Edgar Bayley: “nunca terminará / es infinita esta riqueza abandonada”

Mientras nos vamos, mientras nos alejamos del olor, de Pedro, de Lumbrera y de los perros, en mi mente refulge la imagen de ese libro tirado entre la basura. Me parece que es el símbolo de algo importante, urgente, necesario.

Pero todavía no sé muy bien de qué.

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