"Vengan juntos" por Viviana Ayilef

La siguiente reseña de Viviana Ayilef sobre mi libro "Vengan juntos" recibió el primer premio de su categoría en el Eisteddfod del Chubut, 2009. En el 2008 Viviana también recibió la misma distinción por "Epifanía de una pasión", acerca de El pasto azul, del poeta Cristian Aliaga.

¡Felicitaciones, Viviana, y muchas gracias!

Para completar, y como pa seguir festejando, una versión excelente de "Vengan juntos"
por
Casandra Wilson y Diane Reeves


Una violenta melodía en la memoria

El arte tiene la virtud de ser palabra y melodía, acento y tono: la sensibilidad y la resistencia. El arte ofrece, además, la posibilidad de ser dolor, belleza, un brote de esperanza, o un surco de agonía. Y la literatura puede –frecuentemente-, ser arte musical: crescendo de armonías.

El libro de relatos Vengan juntos presenta esa memoria musical, a veces suave y a veces tan violenta como pocas.

A veces suave, y a veces tan violentos como pocos, los epígrafes que nos conducen en el viaje de lectura, así como los títulos de cada historia, están cargados de fragmentos de otras épocas, que han trascendido sus fronteras. Y están también cargados de una filosofía elemental para los hombres.

Una nostalgia permanente sobrevuela la obra, plagada de recuerdos que confluyen. Relatos atravesados por los rastros y las huellas que los otros han dejado en la experiencia del narrador. Sin embargo, aquello que los hace ser tan nuestros, es la proximidad en la percepción de las pequeñas cosas de las que también hablaba Serrat (de las que tan bien hablaba Serrat). Es esa, seguramente, la razón por la cual en cada uno de los textos nos descubrimos reflejados, generaciones pasadas confluyendo en una experiencia común, en las vivencias compartidas: memorias de una época vivida desde lo más profundo del sentimiento. Historias que ya jamás serán, pero que permanecen como la melodía que atraviesa nuestras vidas: bella y dolorosa, cruel a veces[1].

Será esa indeterminación en los estados de ánimo, tal vez, tan propia de nuestro tango criollo, la que caracteriza los finales de estos textos: punzadas de dolor en la nostalgia de un recuerdo que se fue y volvió; belleza en la memoria que se torna renuevo de luz para el presente. Historias de un hombre tan nosotros: tan miedo niño, tan hombre duelo, tan ser en el crecer de golpe: ecos del tiempo secretamente vivo en el tintero.

Recuerdos (infancia)

“una liviana nube de luz”

Villa Domínico adquiere matices universales desde la percepción de un niño que observa atentamente e interioriza los rituales del pueblo, los moldes de pensamiento y acto de los mayores. Un niño adulto, como se suele ver. Un niño como éste, analista del cosmos desde esos “munditos del fondo de casa”[2] que todos inventamos de pequeños, en esa época en la vida en que la aventura tuvo veredas libres, historias de piratas. En esa época lejana, había niños disfrazados de zorro, de negrito rumbero, “chicos jugando a la escondida y a la mancha, cazando mariposas”[3], o bien viviendo una aventura conradiana, en una extraña lagunita formada por varios días de lluvia[4].

Aparecen en esta infancia, imágenes de figuras cuasi mitificadas (en aquél entonces), pero observadas desde la perspectiva- mirada del hombre viejo: Papá Salvador, una mesiánica figura siciliana; un barrio en el cual los vecinos se llamaban Don Pancho, Doña María, Minguito, Mediolitro, Antotonio, La Media Enojada. Vecinos de sainete, que se juntaban en el clú, institución social que supo ser alguna vez calor del barrio, arena de la unión del pueblo.

Pero también esta infancia nos recuerda los niños de los miedos. Di Benedetto estructura sus relatos a partir de un campo semántico claramente delimitado: el silencio es el que habita, lo oscuro, la noche, el sofoco: las sombras más terribles. La luz es música, sonido en abundancia, cuerpos que danzan libremente: la música es el aire más festivo.[5]

¿Qué tipo de nostalgias sin dolores, podrán traer esos recuerdos al presente? Generaciones que no remontarán sus barriletes, como lo hizo Martín con su papá, que no serán piratas, astronauta, soldado y músico de rock. “Allí, en el fondo, fui todo lo que quise ser”[6], dice Di Benedetto.

Fantasmas (juventud)

“Y cada vez que sientas dolor (…) no cargues con el mundo a tus espaldas”

El contraste entre la infancia y la adolescencia es considerablemente brusco. Es Lluvia el relato que -sin ningún tipo de rodeos-, describe esta no transición, antes bien: esta violenta desarmonía en la cual sólo existe belleza, en la primera poesía que el autor descubre:

“Después, no sé, la lluvia se hizo menos transparente (…) Mi padre comenzó a alejarse de todo y de todos, en aquella navegación solitaria y sin retorno a la que lo empujaron los vientos de su tenue locura (…). Y yo entonces llegué a la adolescencia asustado, agriado y solo, con una ciega valija de sueños que ya amenazaban con pudrirse y los puños cerrados para una guerra que no sabía siquiera dónde pelear.”

La extensión de la cita se justifica por su crudeza y por la discordancia con la mirada del niño que había sido feliz en lo habitual de la apariencia.

En esta etapa, la dualidad ya no se plantea en la alternancia de claroscuros, sino más bien, entre el Twist y el grito: el límite que fue, y el que se viene. El hosco adentro de su hogar, y la amplia noche plagada de amigos, rock & roles y chicas; vivir entre un pasado que comenzaba a tambalear, y un tiempo incierto del presente que no venía, o se acercaba sujetado. Argentina. Década del setenta[7].

“Y ya ganado por la melancolía (…) miraba caer la lluvia que era y no era la misma de mi infancia, aquella amiga que traía buñuelos y canciones y que ahora no quería venir a lavar mi tristeza”.

Es en el relato mencionado, donde Di Benedetto enumera una serie de lluvias indiferentes,[8] los golpes que maduran: muertes, dolores, realidades. Y es ese el relato en el que transita de un llanto-lluvia al entrar a una fábrica despersonalizada y ajena, a la lluvia del adulto: con la cual va a salir desnudo de todas sus historias, “a cantar, a bailar”, a beber el cielo.

Nostalgias (adultez)

La actitud del narrador adulto marca la necesidad ontológica de dejar ir aquellas pequeñas cosas de las que hablábamos al comienzo. Estas palabras sabias, que funcionan como epígrafe, tanto como eje del libro, son la síntesis de esa punzada de nostalgia: déjalo ir. ¿Dejar partir qué cosa? Resignar, tal vez, una experiencia que ha sido aire matinal de nuestras vidas –día a día-, tomar conciencia de que el peligro infante que aguardaba en la oscuridad, ahora acecha en la interioridad más propia y evidente.

Dejar de ser el niño que remontaba barriletes en Villa Domínico, para pasar a ser un catedrático del arte barriletesco, en un relato (Lucy en el cielo con diamantes) que hace gala de un excelente recurso catalizador gracias al cual le vemos, -imbuido en su perorata-, atravesando escenarios, años, e hijos: Martín, Julián; para finalizar oteando el horizonte en la firmeza del barrilete que, bien, podría ser la infancia que el narrador despide.

Ahora, que al escritor ya le “fueron dados el amor, los hijos, las tristezas, esta tierra áspera, (y) el exilio que nunca termina”[9], habiendo atravesado el viaje de lectura de Vengan Juntos -literatura exquisita de viajes a través de una historia-, podemos concluir que la obra en su integridad, presenta una estructura de vaivén.

Balanceándose entre un ayer y un hoy, entre un pasado que persiste tercamente y un presente de mundo que se impone de manera intensa, el libro debe esconder alguna hipótesis profunda e intransferible, en relación con las edades del hombre. Con las edades musicales de los hombres.

Nos resta una imagen de la vida como una barca navegando mares incógnitos. Vemos al hombre como gran arca que sube a bordo el amor de ayer, al mundo de hoy. Epígrafes como: “¡Vamos juntos, ahora, sobre mí!” (Come toghether, right now, over me!), “Y todos nuestros amigos están a bordo” (And our friends are all aboard), dejan vislumbrar esa idea.

La vida de un hombre es una barca o un mar ignoto en el cual navegan y naufragan, y sobreviven, y a veces mueren algunos hombres. Y a veces, esos otros hombres que mueren, son uno mismo: “Ayer/ el amor era un juego tan fácil/ ahora necesito un lugar donde esconderme” (Yesterday/ love was such an easy game to play/ now i need a place to hide away). La gracia está en saber cargar las emociones en el cuerpo, para poder seguir bailando juntos toda esta danza de la vida, toda esta danza de la muerte.

Finalmente, Di Benedetto niño/ joven/adulto, o quien quiera que sea que exhibe tanto arrastre de nostalgia, cierra su obra con vendavales de luz, con plenas cadencias de aire. En la idéntica circularidad que ha sostenido a lo largo del libro, culmina su armonía con una afirmación de estilo: Stop. Rew. Play, “escuchando para siempre la misma canción”.[10] La música ha logrado que el narrador sostenga su identidad. Pese a los golpes. Pese el camino no siempre bien andado. Porque “básicamente, pasado y futuro son lo mismo y se influyen mutuamente, y nos influyen, a pesar de estar hechos de casi nada”[11]

Pareciera ser que Di Benedetto encuentra la única sustancia –su único elixir- en esas melodías Beatles, tan filosóficas, que articulan toda su biografía en estos textos. Pasado y presente, amor y dolor, infancia y juventud, serán únicamente dos polos de un continuum, la cinta de Moebius que transforma al protagonista en uno de los mejores agonistas de nuestra literatura regional, sencillamente porque actúa como Dios, quien “no sólo existe: también se divierte”[12].



[1] Prólogo.

[2] “Twist y gritos”.

[3] “La vi parada ahí”.

[4] “Lluvia”.

[5] El primer relato, “La vi parada ahí”, cuyo título hace referencia precisamente a la muerte, instancia y representación de los temores más candentes en la infancia, es el que más claramente presenta esta dualidad del campo semántico, Es allí, donde triunfa una tonta canción de amor, por sobre la muerte, en un instante de justicia poética, al deshincharla.

[6] “Twist y gritos”.

[7] “Birthday”, “Vivir y dejar morir”.

[8] Lluvia.

[9] “La vi parada ahí”.

[10] “El loco en la colina”.

[11] “El loco en la colina.”

[12] “Vivir y dejar morir”.


Come togheter


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