Verónica García, artista madrynense






















Verónica está preparando una muestra retrospectiva de su obra para el mes de mayo. Me pidió unas palabras para el catálogo. Escribí esto.




Tengo en mi casa una piedra que cabe en la palma de la mano. Un vulgar canto rodado marrón, chato, de esos muy aptos para hacer “patitos” en las aguas lisas del Golfo Nuevo, aquí, frente a Puerto Madryn.


Una piedra es una piedra, pero también puede ser muchas cosas: algo que se pisa sin ver ni querer, una parte de los cimientos de una casa, o la muerte de un pájaro. Pero esta piedra es un rostro. Alguien vio un rostro en este tosco triángulo apenas más ancho que alto. Un rostro de mujer que me mira y me pregunta cosas que no sé responder.


El cabello negro partido al medio, un diminuto flequillo, unas pinceladas blancas que no sabemos si son brillo o mechas de plata vieja. La nariz, recta y de base ancha, recuerda calladamente a las gentes antiguas. La boca es pequeña y roja, sensual y tímida a la vez, es de esas que dicen mucho sin decir nada.


Dejo adrede los ojos para el final: ojos enormes, negros, tristes, amorosos; las cejas apenas curvadas hacia abajo en una interpelación o una tristeza implacables.


Si damos vuelta la piedra, el rostro, nos encontramos con la belleza natural de la roca ígnea. Un campo marrón con pintitas casi doradas y una leyenda: “Verónica García, 03”. Verónica me regaló en 2003 esta piedra, ese rostro, y desde entonces una mirada triste y elocuente me acompaña a lo largo de mis muchas mudanzas.


He hablado poco con Verónica García, y mayormente acerca de un mismo tema: las tapas de mis libros. Es que las dos veces que pude elegir el arte de tapa, buscando entre los artistas locales cuya pintura conocía, no pude apartar de mi mirada interior sus pinturas, que había visto aquí y allá, en distintas muestras. Algo muy afín y a la vez muy distante unía mis palabras y sus visiones.


Así fue como un día junté coraje y fui a pedirle que me permitiera reproducir sus pinturas en mis libros. Elegí “Ausencia en la ciudad” para Dormir es un oficio inseguro. Sobre un transfondo de fantasmales edificios vagamente azules, de ventanas apenas iluminadas no sabemos si por velas o relámpagos, vemos en primer plano un tendal. Seis cuerdas de resplandor musical, de donde cuelgan las formas amarillas y rojas de una ropa vacía.






























La ausencia ha sido ahogada en agua y jabón, ha sido enjuagada y retorcida, y ahora cuelga allí, limpia en la noche, muda, mansamente tenaz en su denuncia de lo que ya no está. Banderas irresistibles de los melancólicos y los heridos que defienden su alegría de vivir en medio de la noche más absurda.


La segunda tapa a decidir fue para la edición parcial de “Crónicas de muertes dudosas”. Con su generosidad habitual, Verónica me abrió las puertas del taller y entonces la vi: “Nenas y escaleras”.


No podía creer en mi suerte: allí estaban los primeros personajes del libro (un viejo siciliano que trepa por una rajadura del aire, una vieja, vieja dama indigna (pero muy digna) que es remontada por el viento del oeste, un pintor de brocha gorda que se disuelve en sus tachos de pintura) dejándose llevar por esas escaleras flotantes en un cielo azul que se hace cada vez más brillante.


Eran mis queridas almitas, tal como yo me figuro a las almas de la buena gente: rojas y mansas, esperando pacientemente lo desconocido.





























Es lugar común decir: “yo de pintura no entiendo nada”. Bien, entonces digo: yo de pintura no entiendo nada porque no hay nada que entender: como con la música y la poesía, sólo hay que dejarse llevar. Y crecer desde ahí.


La obra de Verónica García está poblada de mujeres, mujeres y mujeres. Mujeres niñas, mujeres en flor, mujeres viejas de pañuelos en la cabeza denunciando amorosamente una ausencia que duele demasiado pero no mata: hace vivir.


Mujeres rojas, mujeres rotas, mujeres teñidas de azul por las luces artificiales de una ciudad inclemente, mujeres amarillas y naranjas, pero del naranja de esas naranjas que se mantienen tercamente jugosas aún en la sequedad del vacío centrífugo, del vacío que hemos creado los hombres con nuestras ropas vacías; mujeres que cuelgan de la soga y del alambrado de dividir propiedades y ovejas; piernas de mujeres colgando en un vacío que no querríamos tener que explicar; mujeres que hacen preguntas que no sabemos responder porque la mitad del universo y el total de la eternidad pregunta desde sus ojos; mujeres-muñecas de arpillera y paja y sin embargo más reales que mi carne y que mi sangre; mujeres coronadas en medio de la inmundicia, resistiendo la inmundicia desde sus frentes altas y claras y reales; mujeres, mujeres, mujeres; queribles, insondables, implacables mujeres con su ausencia y su presencia y su color absoluto y su perdón de antemano y esos ojos tan hermosamente grandes.

Puerto Madryn, Marzo de 2010


1 comentario:

Anónimo dijo...

qué lindas palabras Bruno y hermosas las obras de Verónica; todo cabe en esas mujeres.
cariños,
daniela c.