Todos tienen algo que ocultar ¿excepto yo y mi mono?

(Del libro en construcción Vengan juntos II)



Your inside is out and your outside is in
Your outside is in and your inside is out
So come on come on
Come on is such a joy
Come on is such a joy
Come on lets make it easy
Come on lets make it easy
Make it easy make it easy

Everybody's got something to hide except for me and my monkey

Lennon – Mc Cartney

“Everybody's got something to hide except for me and my monkey”

(Álbum Blanco – 1967)

































Al cañón de la Itaka que te está mordiendo la nuca sólo le falta hablar. La boca de acero pavonado está muy fría y tenés miedo. Tanto que casi no sentís las patadas en los tobillos ni los ladridos de la boca que sí está hablando, la que te dice contra la pared montonero de mierda y la concha de tu madre.


La potencial elocuencia de la escopeta te disuade de responder la verdad: que nada de monto, que sos trosko, que lo tuyo es hacer primero la revolución y después tribunales populares para canas como vos, facho sorete, tan de pelo largo y pantalones bombilla y zapatos con plataforma, tan de bigotazo que te chorrea como colmillo o prolongación de los raybans negros de marco cromado que te tapan la facha; y ese saco de faldones negros que ahora llamaríamos onda Matrix pero que en 1975 se llamaban, no me acuerdo, no te acordás cómo se llamaban pero igual: mejor andate vos a la puta que te parió, esto lo pensás pero no lo decís, no se puede decir todo, hay que esconder, hay que esconderse, un buen tiro de itaka con esos perdigones que parecen boñigas de oveja puede volcar, dicen, un fiat seiscientos: un tiro en la nuca, imaginate, equivale a una decapitación segura, y vos necesitás tu cabeza para perderla más adelante, en otras historias que estás a punto de no poder contar, porque no hay donde esconderse, porque estos canas son de lo peor, son de Coordinación Federal, de esos que usan montgomerys, ahora me acuerdo, así se llamaban esos sacones, porque te agarraron con las manos en la masa y la masa es ese paquetón que está tirado en la vereda de la fábrica, lleno de botellas de aceite, paquetes de yerba, de harina, camisas Levis, vaqueros Far West y no me acordaré que más, esa merca que la firma Bunge y Born ha tenido la gentileza de enviarnos, no de buenos que son, sino para evitar el fusilamiento de dos de sus accionistas principales, que en este mismo momento están escondidos en algún calabozo monto esperando salvarse del cinco por uno mediante el pago de unos cuantos millones en efectivo y en mercadería, esa merca que está en el paquetón y que te convierte técnicamente en cómplice del secuestro de los hermanos Juan y Jorge Born.


Ahora es cuatro horas antes. Son las seis de la mañana. Todavía no llegó el momento de tutearte a vos mismo, loco mal, partido al medio por un miedo como nunca tuviste, con ese chorrito de pis que se te escapa por las patas como buena carne de horca que sos, nada: todavía estás de una pieza:


Entro a la fábrica por el pequeño agujero del portón y es ahí donde siento el silencio. En la fábrica, el silencio es un artículo de lujo, importado, que se paga muy caro. El último silencio así fue justo hace un año: la muerte del General. Pero ahora es distinto. Donde antes había desconcierto ahora hay una excitación un poco lenta. Hoy no se trabaja, me dice Pilongo, contento. Me da unas palmaditas en el hombro y se pierde en el laberinto de máquinas mudas. Pilongo es el mismo que se murió de desaparición en un cuento anterior, pero en éste le quedan todavía unos doscientos ochenta días. El cuerpo gigantesco y confiado que no sabe que va a morir camina hacia una de sus últimas fiestas.


La fiesta es en el patio. Una larga fila. Los de Matricería con sus monos grises. Los balancineros, de azul claro, los de Producción, azul de Prusia. Pienso en los alfas, betas, gamas y épsilons de Un mundo Feliz. Yo voy de blazer azul, pantalón gris, camisa blanca y corbata. Y un portafolio semidestrozado de donde asoman los extremos de una regla T. Es que después de la fábrica voy a la escuela nocturna. Por eso los de la jotapé me dicen el Superobrero. Porque llego a las seis de saco y corbata y anteojos, clarkento de Villa Domínico, me meto en el mugroso vestuario para emerger de mameluco azul, soldadito de la revolución permanente, único trosko en esta sopa peronista, caldo primordial de toda desgracia por venir, donde además flotan dos hombres corcho del PC, que me odian aún más que los jotaperros, que ya más o menos me han amenazado un par de meses ha.


La fila, somos unos cuatrocientos, se enrosca en el largo patio sembrado de piezas de metal y carcazas de ventiladores abandonadas entre los yuyos. En una fila paralela a la mía, están las chicas de la jotapé, de guardapolvo y jeans. Hay una morocha que usa el guardapolvo cortito, siempre las manos en los bolsillos maniobrando de manera tal que el ruedo del guardapolvo sube casi hasta la cintura enmarcando a presión un trasero redondo y perfecto. Las petisas de buen culo siempre fueron mi debilidad. Los muchachos peronistas aseguran que es una leona en la cama. Pienso en mis compañeras troskas, unas rubias altas, lánguidas, blancas como la leche, que hablan hasta por los codos y cojen absolutamente mal. Mucha ginebra Bols pero poco smowing. Así cómo vamos a hacer la revolución. Y para qué.


La fila no se mueve. Le pregunto al Granuja que qué pasa. El Granuja sabe que yo sé que es monto, pero igual disimula. No sé, me dice. Dale, yo sé que vos sabés. Vení, me dice, y vamos al vestuario, previa consignación de nuestros lugares en la fila. Y me cuenta: el sábado a la tarde, cuando en la fábrica estaba solamente el sereno, llegó un camión con acoplado lleno hasta acá de merca…Las manos del Granuja dibujaron algo cuadrado y gigantesco en el aire. Qué merca, le digo. La de Bunge y Born. ¿Pero ésos no estaban secuestrados? Sí, boludo: la merca es parte del rescate. Pero por qué la mandan acá. Qué lenteja sos, Súper… Ah, ya sé, entendí. Bueno, dice, pero ahí no termina la cosa. El sereno llamó a los Rusos, y los muy hijoputas llamaron a los capataces y a un par de ortivas, y les ordenaron que escondieran todo en el depósito del sótano. Y que nadie dijera una palabra. Se querían quedar con todo, digo. No sé… Pero les salió mal, je, dice el Granuja con una sonrisita feroz. En un rato empiezan a repartir. Un paquete para cada compañero. Aceite, harina, yerba, ropa… de todo. Y cómo es que cambiaron de opinión los rusos, pregunto. Fácil, dice, el Granuja, el domingo a la mañana alguien llamó al Señor Vladimiro para decirle que si el lunes no repartían la merca, el martes volaban por los aires él, su casa y toda su puta familia. Ni el puto perro iba a quedar.


Vuelvo a mi lugar en la fila ligeramente consciente de que, sin comerla ni beberla, mi vida se ha trasladado al centro de la corriente histórica de esos días, un río barroso y maloliente pero imparable, un río de tracción a sangre, sangre derramada que acaba de ser negociada. El que quiera pescado, que se moje el culo en ese río, parecen decir los hechos. Malditos montos. La fila comienza a avanzar lentamente. Los que están en la punta entran a la sección Expedición, y después salen cargados con un enorme bulto rectangular forrado en papel madera y atado con hilo sisal. Unos cuantos lugares atrás en la fila, casi al final, está mi primo Toñito, que es aprendiz de matricero y debe andar por los quince años. Le digo a los gritos que lo espero, que nos vamos juntos y que llamemos al primo Papé para que nos venga a buscar en el fitito. Cómo van a entrar las putas cajas en esa bolita, no lo sé.


Ya se han ido casi la mitad de los obreros, cada uno con su paquete. Al rato, me toca a mí. Cargo el bulto al hombro, le hago una seña a Toñito que está allá atrás, salgo por el portón trasero de la fábrica, descargo en la vereda, le pido a alguien que me lo cuide, cruzo la calle hasta un teléfono público, llamo al primo Papé, Papé me dice que lo esperemos, que va a tardar porque todavía tiene que terminar algo en el taller, digo que bueno, gracias, te esperamos, vuelvo a cruzar la calle, me siento sobre el bulto a esperar a Toñito, tengo ganas de hacer pis, pero no quiero volver a la fábrica. Dos metros más allá, la petisa del buen culo espera también. Le hago saludo con la manito, ella sonríe, se da vuelta, mete las manos en los bolsillos, levanta un poco más el guardapolvo y me regala una visión en primer plano de esa retaguardia espléndida, nacional, popular y revolucionaria, única concesión, parece, que la Izquierda Peronista está dispuesta a hacer a la Cuarta Internacional. Pero la peti me mira otra vez y sonríe, pícara, y yo empiezo a levantar temperatura política: obreros y obreras del mundo, uníos, pienso, nada tenéis que perder salvo vuestra calentura. Pero llega el novio de la peti, la besa, le da una palmadita en una nalga, y se la lleva y con ella se va esta oportunidad única de integrar el frente común.


Ya quedamos nada más que seis o siete en la vereda, Toñito tarda y tarda, pero llega. Por fin le digo, pero Toñito está mirando por encima de mi hombro con ojos desorbitados: esforzados motores de seis cilindros, frenazos, gomas quemadas, me doy vuelta y veo cómo se abren las puertas de tres falcon verdes y bajan unos tipos de anteojos y brutas itakas, uno de ellos viene directo hacia mí, me agarra de los pelos, me lleva a la rastra contra el paredón de la fábrica , me empuja con un patadón, me mete el cañón de la itaka en la nuca y me dice contra la pared, y me dice mirando al piso, y me dice montonero de mierda y la concha de tu madre, los vamos a hacer cagar a todos.



Y por eso estás ahí, la humillación del chorrito de pis bajando por la pierna izquierda mientras el Facho te mete la mano hasta en las verijas buscando algún fierro, mientras Toñito zafa bastante por la cara de nene bueno, mientras te patean los tobillos con esos zapatos con plataforma y la boca de la escopeta se te hinca en la carne, ahí es cuando te empezás a hablar a vos mismo, partido en dos pedazos de terror, uno frío y otro caliente, vos y tu mono, ese chimpancé que se ríe siempre en tu oreja cuando estás a punto de enloquecer, y tu mono te dice de ésta no zafás, ya estás fichado en aquella comisaría de Palermo, tendrías que haber esperado a Papé en otro lado, cagaste por idiota, mientras el facho me empuja y me dice agarrá la caja y andá para adentro y ahí vamos con Toñito y dos más, nos hacen abrir los paquetes, sacar las cosas, la ropa acá, el aceite allá, la yerba la amontonan ahí, a punta de itaka nos hacen bajar al sótano, ahí ves que los Rusos se habían quedado con la mayor parte del botín, piratas hasta el fin, dice mi mono y se ríe fuerte, y también dice por qué en un sótano, que feo, morir a oscuras y con ese olor podrido de pura humedad, pero no, solamente nos ordenan ir subiendo todo al patio, y al rato las camisas y pantalones forman una montaña de dos metros de altura, la yerba una de tres metros, las botellas de aceite cubren medio patio como una manifestación de enanos dorados y transparentes, ahí el Facho Jefe te pregunta cómo te llamás, si sos peronista, otro dice que no, qué va a ser peronista con esa cara de judío roñoso, les digo que soy hijo de sicilianos y que con la política nada que ver, uno de los capataces dice que no, este pibe no es peronista, entonces tiene cara de comunista, dice el facho número dos, les digo que no, que soy músico y por eso la barba y el pelo, entonce te vamo a hacer sonar, dice el jefe y se cagan de risa, pero bajan las itakas y eso te permite ver que allá atrás, Toñito anda trepando por unas estanterías llenas de caños, parece un monito. Tardás un rato en darte cuenta de lo que está haciendo: escondiendo ropa en cuanto hueco encuentra, entonces no es un monito, dice tu mono, es una ardilla o una rata, qué pendejo hijo de puta, vos a punto de cagar la fruta y éste pensando en los negocios, ahí escuchás que Facho Dos pregunta qué hacemos con éstos, que se vayan, dice Facho Jefe, vamos le grito a Toñito, esperá esperá te dice el muy animal y sigue escondiendo ropa a escondidas de los canas. Lo vas buscar, te lo traés casi a la rastra y encarás para el portón, que parece estar a kilómetros de distancia, ya casi llegás pero el cana grita a ver che, vuelvan para acá, y vos volvés sudando frío y todavía apretando el brazo de Toñito, pero el cana deja la itaka en el piso, hunde las manos en la pila de ropa y nos da un montón a cada uno, y dice por el laburo que hicieron y ahí sí, te vas, con una pila de camisas levis y vaqueros far west.


Afuera está el primo Papé con el fiat. Viajás callado mientras el primo Toñito cuenta la aventura y la guita que va a hacer vendiendo toda la ropa que escondió; te dejan en tu casa, entrás sin decir una palabra, meás, vas derecho a tu pieza, tirás el montón de ropa al piso, prendés el equipo, desenfundás el Álbum Blanco de vinilo, ponés al taco el disco dos y te tirás en la cama hecho un nudo, entra tu vieja y te dice que por qué tan fuerte esa música y me guardás ya mismo esa ropa, de dónde la sacaste, vos automáticamente te levantás, c’mon, take it easy, dice mi mono, tirás la ropa al fondo del ropero y tratás de cerrar la puerta, no hay caso, por más que empujes y empujes la puerta no cierra, your inside is out, your outside is in, dice mi mono, la puta reputa reputísima puerta: todavía ahora seguís escuchando el ruido a púa del disco gastado y la voz de tu vieja que te pregunta qué te pasa, nene, la púa de zafiro rayando y rayando el surco y la voz de tu vieja que seguís escuchando, que estás escuchando realmente ahora, la voz de tu vieja de más de noventa años que te dice que todavía no se explica qué te paso aquella vez que rompiste a patadas la puerta del ropero, la del espejo, menos mal que no te cortaste con los vidrios.



A Eduardo, el Granuja, muerto de un disparo de itaka en una calle de Monte Chingolo.









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3 comentarios:

Nanim dijo...

Fuerte, duro, subjetivo y realista, destructor de pseudoparadigmas, inmersión en esa historia reciente que pretende hacer próceres donde hubo humanos y contradicciones, con algo de épico y de película de acción.
No es digerible de un bocado. Ni siquiera al masticarlo, porque puede atragantarse en la nuez de la memoria. Y puede dar dolor de estómago, o náuseas. Escribirlo, supongo, ha de ser como un exorcismo.

Bruno Di Benedetto dijo...

No lo sé, querida Nanim. En todo caso, escribir esto para mí es un alivio, no un exorcismo. Se exorcisa un demonio (o dos demonios, diría nuestro Black Sábato) No, no, no: no habia demonios, había gente.Y eso es lo que duele.

Lo demás: te agradezco tu lucidez tan generosa.

Nanim dijo...

Tenés razón, Bruno. Poco feliz la elección del término de mi parte.
Te abrazo, amigo...